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martes, 3 de noviembre de 2009

"La plaza Palestina".


Ubicada en la ciudad de Fray Luis Beltran, la plaza Palestina tiene dos viciones totalmente diferentes.

Cada año a esta, la pintan y arreglan sus juegos, pero existen esas personas que a quienes no les importa la alegría de los niños y jovenes que pasan al estar en la plaza. Por esa razón la rompen y destrózan o también pintan graffitis sobre sus pardes.



A pesar de todos los daños que le hacen, hay personas que la ven como un lugar de encuentros entre amigos y todas las tardes se reúnen allí las "parejas" para pasar un momento tranquilos . Ellos son los que le dan una imagen alegre y felíz en un marco de tristeza por el descuido de "La Plaza Palestina".


lunes, 2 de noviembre de 2009

La tristeza del sábado inglés

¿Será, acaso, porque me paso vagabundeando toda la semana que el sábado y el domingo se me antojan los días más aburridos de la vida? Creo que el domingo es aburrido de puro viejo y que el sábado inglés es un día triste, con la tristeza que caracteriza a la raza que le ha puesto su nombre.

El sábado inglés es un día sin color y sin sabor; un día que “no corta ni pincha” en la rutina de las gentes. Un día hibrido, sin carácter, sin gestos.

Es un día que prosperan las reyertas conyugales y en el cual las borracheras son mas lúgubres que un “de profundis” en le crepúsculo de un día nublado. Un silencio de tumba pesa sobre la ciudad. En Inglaterra o en países puritanos, se entiende. Allí hace falta el sol, que es, sin duda alguna, la fuente natural de toda alegría. Y como llueve o nieva, no hay donde ir, ni a las carreras, siquiera. Entonces la gente se queda en sus casas, al lado del fuego, y ya cansada de leer punch, hojea la Biblia.

Pero para nosotros el sábado inglés es un regalo modernísimo que no nos convence. Ya teníamos de sobra con los domingos. Sin plata, sin tener a donde ir, sin ganas de ir a ninguna parte, ¿para qué queríamos el domingo? El domingo era una institución sin la cual vivía muy cómodamente la humanidad.

Tata Dios descansó el día domingo, porque estaba cansado de haber hecho esta cosa tan complicada que se llama mundo. Pero ¿qué han hecho, durante los seis días, todos esos gandules que por ahí andan, para descansar el domingo? Además, nadie tenía derecho a imponernos un día más de holganza. ¿Quién lo pidió? ¿Para qué sirve?

La humanidad tenía que aguantarse un día por semana sin hacer nada. Y la humanidad se aburría. Un día de fiaca era suficiente. Vienen los señores ingleses y, ¡que bonita idea!, nos endilgan otro más, el sábado.

Por más que se trabaje, por un día de descanso por semana es más que suficiente. Dos son insoportables, en cualquier ciudad del mundo. Soy, como verán ustedes, un enemigo declarado e irreconciliable del sábado inglés.

Corbata que toda la semana permanece embaulada. Traje que ostensiblemente tiene la rigidez de las prendas bien guardadas. Botines que crujían. Lentes con armadura de oro, para los días sábado y domingo. Y tal aspecto de satisfacción de sí mismo, que daban ganas de matarlo. Parecía un novio, uno de esos novios que compran una casa por mensualidades. Uno de esos novios que dan un beso a plazo fijo.

Tan cuidadosamente lustrados tenía los botines que cuando salí del coche no me olvidé de pisarle un pie. Si no hay gente el hombre me asesina.

Después de este papanatas, hay otro hombre del sábado, el hombre triste, el hombre que cada vez que lo veo me apena profundamente.

Lo he visto numerosas veces, y siempre me ha causado la misma y dolorosa impresión.

Caminaba yo un sábado por una acera en la sombra, por la calle Alsina-la calle más lúgubre de Buenos Aires-cuando por la vereda opuesta, por la vereda del sol, vi a un empleado de espaldas encorvadas que caminaba despacio llevando de la mano una criatura de tres años.

La criatura exhibía, inocentemente, unos de esos sombreritos con cintajos, que sin ser viejos son deplorables. Un vestidito rosa recién plachado. Unos zapatitos para los días de fiesta. Caminaba despacio la nena, y más despacio aún el padre. Y de pronto tuve la visión de la sala de una casa de inquilinato, y la madre de la criatura una mujer joven, arrugada por las penurias, planchando los cintajos del sombrero de la nena.

El hombre caminaba despacio. Triste. Aburrido. Yo vi en él el producto de veinte años de garita con catorce horas de trabajo y un sueldo de hambre, veinte años de privaciones, de sacrificios estúpidos y del sagrado terror de que lo echen a la calle. Vi en él a Santana, el personaje de Roberto Mariano.

Y en el centro la tarde del sábado es horrible. Es cuando el comercio se muestra en su desnudez espantosa. Las cortinas metálicas tienen rigideces agresivas.

Los sótanos de las casas importadoras vomitan hedores de brea, de benzol y de artículos de ultramar. Las tiendas apestan a goma. Las ferreterías a pintura. El cielo parece, de tan azul, que está iluminando una factoría perdida en el Äfrica. Las tabernas para corredores de bolsa permanecen solitarias y lúgubres. Algún portero juega al mus con un lavapisos a la orilla de una mesa. Chicos que parecen haber nacido por generación espontánea de entre los musgos de las casas-bancas, aparecen a la puerta de “entrada para empleados” de los depósitos de dinero. Y se experimenta el terror, el espantoso terror de pensar que a estas mismas horas en varios países las gentes se ven obligadas a no hacer nada aunque tengan ganas de trabajar o de morirse

sábado, 29 de agosto de 2009

PSICOLOGIA SIMPLE DEL LATERO

Usted estaba sentado gozando de la fresca viruta. Toda su alma se disolvía en una especie de ecuanimidad que alcanzaba hasta a los últimos bicharracos de la tierra, y a medida que disfrutaba de la fresca viruta apol­tronado en la mesa del café, se iba diciendo a sí mismo:
-No hay vuelta: la vida tiene sus partes lindas.
Y otro medio litro se le perdía suavemente en la bodega.
Pero exactamente al pensar por segunda vez: "No hay vuelta, la vi­da es linda", se le acercó un señor, uno de esos malditos señores, que uno conoce por un azar aún más maldito, y el sujeto, después de saludarlo cordialmente, se sentó frente a usted, "por un momento, nada más, porque tenía mucho que hacer".
Usted se resignó, se resignó pensando que la vida ya no era tan lin­da, porque albergaba en su seno a ese monstruo inexplicable que se llama latero.
Yo no soy ningún cascarrabias; por el contrario, me deleita el espec­táculo de la vida, porque me he hecho una filosofía barata que me resuel­ve todos los problemas. Pues bien, la única ventaja que sobre la tierra reconozco al latero, es haberme dado tema para escribir estas líneas, líneas sobre la personalidad del latero y su producto: la lata.
Porque eso de aguantar a un charlatán, es lo más horrible que hay.
Precisamente, yo me encontraba en la mesa de un café; tenía un medio litro delante de mis narices y contemplaba a las mujeres que pasaban, con esa bondadosa ecuanimidad que albergan los sujetos que saben que las mujeres no les llevan el apunte. Pero, como decía, me recreaba mirándo­las pasar y alababa el arte que el Todopoderoso puso en esa costilla que arrancó de nuestro pecho cuando vivíamos en el paraíso. Y mi espíritu estaba colmado de indulgencia como el de Buda bajo la higuera, con la sola diferencia que yo le llevaba dos ventajas al Buda; y era que estaba tomando cerveza, y en vez de encontrarme bajo una higuera que da mala sombra me veía bajo un toldo flamante y multicolor.
De pronto, un sujeto, gordo y enorme, levantó los brazos ante mí. Yo alcé la cabeza, sorprendido, y, ¡ahora sí que lamento no encontrarme bajo la higuera! El que me saludaba era un solemne charlatán.
Estuvo dos horas dándome la lata. Cuando se fue, quedé mareado, exactamente como cierto día de verano, en que un poeta cordobés, Bran­dan Caraffa, me leyó los cuatro actos de un drama y tres metros y medio de un poema dedicado a las vacas de Siva.
No sé por qué tengo la impresión de que el latero es un tipo medio zonzo; un zonzo que "hace vapor", como diría Dickens. Porque resulta absurdo que un tipo de esta clase siempre tenga un stock de pavadas para deambular en cuanto ve a un semejante. Resulta absurdo y fastidioso. Porque el latero no se conforma con hacer un montón de preguntas indiscretas. En cuanto suelta la lengua, el tipo se olvida de que existe el tiempo y el aburrimiento, y entonces, para recrear su propios oídos, em­pieza a contar historias, ¡y qué historias!
Por ejemplo: De cómo se casó su hermana contra la voluntad de su familia con un vendedor de máquinas de coser.
A usted se le importa absolutamente nada la historia de la hermana del latero. Por el contrario; le parece muy natural de que esa tía se haya casado con un maquinero, si así se le antojó. Pero el maldito latero trata de interesarlo en el asunto. Le dice que una hermana (y dale con la her­mana). Luego cambia de disco, y entonces saca del bolsillo un fardo de cartas, y dice que ésas son las cartas de la novia, y que la novia lo quiere mucho, y que la novia es una muchacha muy de su casa, que lo demostra­rán ampliamente las sesenta y dos docenas de cartas que lleva en el bolsi­llo de su saco.
Inútil es que usted diga al fulano latero que no pone en duda las vir­tudes de su novia; que, por el contrario, la cree una santa y digna mocita; el testarudo hace como si oyera llover, y empieza por "un parrafito nada .
más", y luego, si eso no fuera suficiente, quiere hacer una confidencia de carácter reservadísimo, y dice, a pesar de los gestos que usted hace pa­ra evitar la confidencia, que su novia es una chica buenísima y virtuosa, tan virtuosa, que la primera vez que él la besó en la frente, ella se puso a llorar.
Usted suda sangre. Y el latero continúa. Luego habla de un perro que tuvo, y de la madre del perro, y de la casta de la perra madre, y de los perritos que tuvo, y de cómo él se divertía con los perritos y de cómo los perritos fueron regalados, y de lo que la gente decía de los perritos en el barrio, y de cómo una frutera que quería un perrito...
Por fin, el tentador de Satanás, el Tirteafuera moderno, el latoso que en tiempos de Don Quijote fue a tomarle el pelo a Sancho a la hora de almorzar; por fin, el charlatán enemigo de Dios, de los hombres, y del reposo, se resuelve a irse después de dos horas, de dos espantosas horas de lata con gestos, guiños de ojo, posturas de opereta italiana y expresio­nes de conspirador.
Usted se queda extenuado. ¿Le han vaciado el cráneo con un trépa­no? ¡Vaya a saber lo que le pasa! Es que el enemigo de Dios, el latero truculento de los perritos, la novia y el diablo, lo ha dejado enfermo. Y ¡adiós la paz que pensó gozar bajo el toldo que hacía el papel de higuera! ¡Adiós la ecuanimidad universal, y el regocijo en la belleza de las mujeres que pasaban sin mirarlo! Se acabó todo, pues le ha quedado la cabeza como si se la hubieran pasado por la abertura de un horno de pudelación.

lunes, 6 de julio de 2009

La Tragedia de un Hombre Honrado.

Comentario.

Arce Juan Cruz.

Yo opino que este hombre al que lo llama "honrado" es muy avaro y no ama tanto a su mujer como piensa art, porque si fuese así dejaría esos 2 pesos con 75 centavos de lado y sacaría a su mujer de la vista de todos los hombres que asisten al café.
Roberto Art habrá creado esta aguafuerte concurriendo a un bar, y observando lo que ocurría en este lugar. Mirando como el el dueño de este lugar estaba en un dilema: "El dinero o el amor".
LA TRAGEDIA DE UN HOMBRE HONRADO


Todos los días asisto a la tragedia de un hombre honrado. Este hombre honrado tiene
un café que bien puede estar evaluado en treinta mil pesos o algo más. Bueno: este hombre
honrado tiene una esposa honrada.
A esta esposa honrada la ha colocado a cuidar la victrola. Dicho procedimiento le
ahorra los ochenta pesos mensuales que tendría que pagarle a una victrolista. Mediante este
sistema, mi hombre honrado economiza, al fin del año, la respetable suma de novecientos
sesenta pesos sin contar los intereses capitalizados. Al cabo de diez años tendrá ahorrados...
Pero mi hombre honrado es celoso. ¡Vaya si he comprendido que es celoso!
Levantando la guardia tras la caja, vigila, no sólo la consumición que hacen sus parroquianos, sino también las miradas de éstos para su mujer. Y sufre. Sufre honradamente. A veces se pone pálido, a veces le fulguran los ojos. ¿Por qué? Porque alguno se embota más de lo
debido con las regordetas pantorrillas de su cónyuge. En estas circunstancias, el hombre
honrado mira para arriba, para cerciorarse si su mujer corresponde a las inflamadas ojeadas
del cliente, o si se entretiene en leer una revista. Sufre. Yo veo que sufre, que sufre
honradamente; que sufre olvidando en ese instante que su mujer le aporta una economía
diaria de dos pesos sesenta y cinco centavos; que su legitima esposa aporta a la caja de ahorros
novecientos sesenta pesos anuales. Sí, sufre. Su honrado corazón de hombre prudente en
lo que atañe al dinero, se conturba y olvida de los intereses cuando algún carnicero, o
cuidador de ómnibus, estudia la anatomía topográfica de su también honrada cónyuge.
Pero más sufre aún cuando, el que se deleita contemplando los encantos de su esposa, es algún
mozalbete robusto, con bigotitos insolentes y espaldas lo suficientemente poderosas como
para poder soportar cualquier trabajo extraordinario. Entonces mi hombre honrado mira
desesperadamente para arriba. Los celos que los divinos griegos inmortalizaron, le
desencuadernan la economía, le tiran abajo la quietud, le socavan la alegría de ahorrarse dos
pesos sesenta y cinco centavos por día; y desesperado hace rechinar los dientes y mira a su
cliente como si quisiera darle tremendos mordiscones en los riñones.
Yo comprendo, sin haber hablado una sola palabra con este hombre, el problema que
está encarando su alma honrada. Lo comprendo, lo interpreto, lo "manyo". Este hombre se
encuentra ante un dilema hamletiano, ante el problema de la burra Balaam, ante... ¡ante el
horrible problema de ahorrarse ochenta mangos mensuales! Son ochenta pesos. ¿Saben
ustedes los bultos, las canastas, las jornadas de dieciocho horas que éste trabajó para ganar
ochenta pesos mensuales? No; nadie se lo imagina.
De allí que lo comprendo. Al mismo tiempo quiere a su mujer. ¡Cómo no la va a
querer! Pero no puede menos de hacerla trabajar, como el famoso tacaño de Anatole France
no pudo menos de cortarle unas rebarbas a las monedas de oro qué le ofrecía a la Virgen:
seguía fiel a su costumbre.
Y ochenta pesos son ocho billetes de a diez pesos, dieciséis de a cinco y... dieciséis
billetes de a cinco pesos, son plata... son plata...
Y la prueba de que nuestro hombre es honrado, es que sufre en cuanto empiezan a
mirarle a la cónyuge. Sufre visiblemente. ¿Qué hacer? ¿Renunciar a los ochenta pesos, o
resignarse a una posible desilusión conyugal?
Si este hombre no fuera honrado, no le importaría que le cortejaran a su propia
esposa. Más aún, se dedicaría como el célebre señor Bergeret, a soportar estoicamente su
desgracia.
No; mi cafetero no tiene pasta de marido extremadamente complaciente. En él todavía
late el Cid, don Juan, Calderón de la Barca y toda la honra de la raza, mezclada a la
terribilísima avaricia de la gente del terruño.
Son ochenta pesos mensuales. ¡Ochenta! Nadie renuncia a ochenta pesos mensuales
porque sí. El ama a su mujer; pero su amor no es incompatible con los ochenta pesos.
También ama su frente limpia de todo adorno, y también ama su comercio, la
economía bien organizada, la boleta de depósito en el banco, la libreta de cheques. ¡Cómo
ama el dinero este hombre honradísimo, malditamente honrado!
A veces voy a su café y me quedo una hora, dos, tres. El cree que cuando le miro a la
mujer estoy pensando en ella, y está equivocado. En quien pienso es en Lenin... en Stalin... en
Trotzky... Pienso con una alegría profunda y endemoniada en la cara que este hombre pondría
si mañana un régimen revolucionario le dijera:
-Todo su dinero es papel mojado.



¡ATENTI, NENA, QUE EL TIEMPO PASA!
Mi comentario:
Lo que observo el autor, para crea esta Aguafuerte, es mirar a la pareja cmo actua, (no tanto a la pareja. si no la actitudes de la chica) y da ahi en mas pensaba sobre la situacion, la analizaba, tambien pensabalo que podia pasarle. Esto lo podemos relacionar con la actualidad ya que hoy en dia no hay parejas que duren mucho, o no la valoran mucho.
Tambien habla de que hay que aprovechar el tiempo ya que el tiempo no vuelve, y para mi eso es tan cierto. Ya que uno avaces no sabe lo que tiene y no lo disfruta, y todo eso que tiene, de un dia para el otro desaparece!

¡ATENTI, NENA, QUE EL TIEMPO PASA!

¡ATENTI, NENA, QUE EL TIEMPO PASA!
Hoy, mientras venía en el tranvía, carpeteaba a una jovenzuela que, acompañada por el novio, ponía cara de hacerle un favor a éste permi­tiéndole que estuviera al lado. En todo el viaje no dijo otra palabra que no fuera sí o no. Y para ahorrarse saliva movía la "zabeca" como mula noriega. El gil que la acompañaba ensayaba todo el arte de conversa­ción, pero al ñudo; porque la nena se hacía la interesante y miraba al es­pacio como si buscara algo que fuera menos zanahoria que el acompa­ñante. Yo meditaba broncas filosóficas al tiempo que pensaba. En tanto las cuadras pasaban y el Romeo de marras venía dale que dale, conversando con la nena que me ponía nervioso de verla tan consentida. Y sobrándo­la, yo le decía "in mente": -Nena, no te hablaré del tiempo, del concepto matemático del ran­tifuso tiempo que tenían Spencer, Poincaré, Einstein y Proust. No te ha­blaré, del tiempo espacio, porque sos muy burra para entenderme; pero atendé estas razones que son de hombre que ha vivido y que preferiría vender verdura a escribir: "No lo desprecies al tipo que llevás al lado. No, nena; no lo despre­cies. "El tiempo, esa abstracción matemática que revuelve la sesera a to­dos los otarios con patentes de sabios, existe, nena. Existe para escarnio de tu trompita que dentro de algunos años tendrá más arrugas que guan­te de vieja o traje de cesante. "¡Atenti, piba, que los siglos corren! "Cierto es que tu novio tiene cara de zanahoria, con esa nariz fuera de ordenanza y los "tegobitos" como los de una foca. Cierto que en cada fosa nasal puede llevar contrabando, y que tiene la mirada pitañosa co­mo sirviente sin sueldo o babión sin destino, cierto que hay muchachos más lindos, más simpáticos, más ranas, más prácticos para pulsar la vi­huela de tu corazón y cualquier cosa que se le ocurra al que me lee. Cierto es. Pero el tiempo pasa, a pesar de que Spencer decía que no existía y Einstein afirme que es una realidad de la geometría euclidiana que no tie­ne minga que ver con las otras geometrías... ¡Atenti, nena, que el tiempo pasa! Pasa. Y cada día merma el stock de giles. Cada día desaparece un zonzo de la circulación. Parece mentira, pero así no más es. "Te adivino el pensamiento, percalera. Es éste: “Puede venir otro me­jor”... "Cierto... Pero pensá que todos quieren tomarle tacto a la mercade­ría, pulsar la estofa, saber lo que compran para batir después que no les gusta, y ¡qué diablo! Recordate que ni en las ferias se permite tocar la manteca, que la ordenanza municipal en los puestos de los turcos bien claro lo dice: “Se prohibe tocar la carne”, pero que esas ordenanzas en la caza del novio, en el clásico del civil, no rezan, y que muchas veces hay que infringir el digesto municipal para llegar al registro nacional. "¿Que el hombre es feo como un gorila? Cierto es; pero si te acos­tumbrás a mirarlo te va a parecer más lindo que Valentino. Después que un novio no vale por la cara, sino por otras cosas. Por el sueldo, por lo empacador de vento que sea, por lo cuidadoso del laburo... por los as­censos que puede tener... en fin... por muchas cosas. Y el tiempo pasa, nena. Pasa al galope; pasa con bronca. Y cada día merma el stock de los zanahorias; cada día desaparece de la circulación un zonzo. Algunos que se mueren, otros que se avivan..." Así iba yo pensando en el bondi donde la moza las iba de interesante por el señor que la acompañaba. Juro que la autoengrupida no pronun­ció media docena de palabras durante todo el viaje, y no era yo sólo el que la venía carpeteando, sino que también otros pasajeros se fijaron en el silencio de la fulana, y hasta sentíamos bronca y vergüenza, porque el mal trago lo pasaba un hombre, y ¡qué diablos! al fin y al cabo, entre los leones hay alguna solidaridad, aunque sea involuntaria. En Caballito, la niña subió a una combinación, mientras que el gil se quedó en la acera esperando que el bondi rajara. Y ella desde arriba y él desde la rúa, se miraban con comedia de despedida sin consuelo. Y cuando el gaita mótorman arrancó, él, como quien saluda a una prince­sa, se quitó el capelo mientras que ella digitaleaba en el espacio como si se alejara en un "píccolo navío". Y fijándome en la pinta déla dama, nuevamente reflexioné: -¡Atenti, nena, que el tiempo raja! Todavía estás a tiempo de atra­par al zonzo que tratás con prepotencia, pero no te ilusiones. "Vienen años de miseria, de bronca, de revolución, de dictadura, de quiebras y de concordatos. Vienen tiempos de encarecimientos. El que más, el que menos, galgueará en la rúa en busca del sustento cotidiano. No seas, entonces, baguala con el hombre, y atendelo como es debido. Meditá. Hoy, todavía, lo tenés al lado; mañana podés no tenerlo. Conversalo, que es lo que menos cuesta. Pensá que a los hombres no les gustan las novias silenciosas, porque barruntan que bajo el silencio se esconde una mala pécora y una tía atimada, zorrina y broncosa. ¡Atenti, nena; que el tiempo no vuelve!..."

Hoy, mientras venía en el tranvía, carpeteaba a una jovenzuela que, acompañada por el novio, ponía cara de hacerle un favor a éste permi­tiéndole que estuviera al lado. En todo el viaje no dijo otra palabra que no fuera sí o no. Y para ahorrarse saliva movía la "zabeca" como mula noriega. El gil que la acompañaba ensayaba todo el arte de conversa­ción, pero al ñudo; porque la nena se hacía la interesante y miraba al es­pacio como si buscara algo que fuera menos zanahoria que el acompa­ñante. Yo meditaba broncas filosóficas al tiempo que pensaba. En tanto las cuadras pasaban y el Romeo de marras venía dale que dale, conversando con la nena que me ponía nervioso de verla tan consentida. Y sobrándo­la, yo le decía "in mente": -Nena, no te hablaré del tiempo, del concepto matemático del ran­tifuso tiempo que tenían Spencer, Poincaré, Einstein y Proust. No te ha­blaré, del tiempo espacio, porque sos muy burra para entenderme; pero atendé estas razones que son de hombre que ha vivido y que preferiría vender verdura a escribir: "No lo desprecies al tipo que llevás al lado. No, nena; no lo despre­cies. "El tiempo, esa abstracción matemática que revuelve la sesera a to­dos los otarios con patentes de sabios, existe, nena. Existe para escarnio de tu trompita que dentro de algunos años tendrá más arrugas que guan­te de vieja o traje de cesante. "¡Atenti, piba, que los siglos corren! "Cierto es que tu novio tiene cara de zanahoria, con esa nariz fuera de ordenanza y los "tegobitos" como los de una foca. Cierto que en cada fosa nasal puede llevar contrabando, y que tiene la mirada pitañosa co­mo sirviente sin sueldo o babión sin destino, cierto que hay muchachos más lindos, más simpáticos, más ranas, más prácticos para pulsar la vi­huela de tu corazón y cualquier cosa que se le ocurra al que me lee. Cierto es. Pero el tiempo pasa, a pesar de que Spencer decía que no existía y Einstein afirme que es una realidad de la geometría euclidiana que no tie­ne minga que ver con las otras geometrías... ¡Atenti, nena, que el tiempo pasa! Pasa. Y cada día merma el stock de giles. Cada día desaparece un zonzo de la circulación. Parece mentira, pero así no más es. "Te adivino el pensamiento, percalera. Es éste: “Puede venir otro me­jor”... "Cierto... Pero pensá que todos quieren tomarle tacto a la mercade­ría, pulsar la estofa, saber lo que compran para batir después que no les gusta, y ¡qué diablo! Recordate que ni en las ferias se permite tocar la manteca, que la ordenanza municipal en los puestos de los turcos bien claro lo dice: “Se prohibe tocar la carne”, pero que esas ordenanzas en la caza del novio, en el clásico del civil, no rezan, y que muchas veces hay que infringir el digesto municipal para llegar al registro nacional. "¿Que el hombre es feo como un gorila? Cierto es; pero si te acos­tumbrás a mirarlo te va a parecer más lindo que Valentino. Después que un novio no vale por la cara, sino por otras cosas. Por el sueldo, por lo empacador de vento que sea, por lo cuidadoso del laburo... por los as­censos que puede tener... en fin... por muchas cosas. Y el tiempo pasa, nena. Pasa al galope; pasa con bronca. Y cada día merma el stock de los zanahorias; cada día desaparece de la circulación un zonzo. Algunos que se mueren, otros que se avivan..." Así iba yo pensando en el bondi donde la moza las iba de interesante por el señor que la acompañaba. Juro que la autoengrupida no pronun­ció media docena de palabras durante todo el viaje, y no era yo sólo el que la venía carpeteando, sino que también otros pasajeros se fijaron en el silencio de la fulana, y hasta sentíamos bronca y vergüenza, porque el mal trago lo pasaba un hombre, y ¡qué diablos! al fin y al cabo, entre los leones hay alguna solidaridad, aunque sea involuntaria. En Caballito, la niña subió a una combinación, mientras que el gil se quedó en la acera esperando que el bondi rajara. Y ella desde arriba y él desde la rúa, se miraban con comedia de despedida sin consuelo. Y cuando el gaita mótorman arrancó, él, como quien saluda a una prince­sa, se quitó el capelo mientras que ella digitaleaba en el espacio como si se alejara en un "píccolo navío". Y fijándome en la pinta déla dama, nuevamente reflexioné: -¡Atenti, nena, que el tiempo raja! Todavía estás a tiempo de atra­par al zonzo que tratás con prepotencia, pero no te ilusiones. "Vienen años de miseria, de bronca, de revolución, de dictadura, de quiebras y de concordatos. Vienen tiempos de encarecimientos. El que más, el que menos, galgueará en la rúa en busca del sustento cotidiano. No seas, entonces, baguala con el hombre, y atendelo como es debido. Meditá. Hoy, todavía, lo tenés al lado; mañana podés no tenerlo. Conversalo, que es lo que menos cuesta. Pensá que a los hombres no les gustan las novias silenciosas, porque barruntan que bajo el silencio se esconde una mala pécora y una tía atimada, zorrina y broncosa. ¡Atenti, nena; que el tiempo no vuelve!..."

sábado, 4 de julio de 2009

Soliloquio del solterón

Me miro el dedo gordo del pie, y gozo.
Gozo porque nadie me molesta. Igual que una tortuga, a la mañana, saco la cabeza debajo de la caparazón de mis colchas y me digo, sabrosamente, moviendo el dedo gordo del pie:
-Nadie me molesta. Vivo solo, tranquilo y gordo como un archipreste glotón.
Mi camita es honesta, de una plaza y gracias. Podría usarla sin reparo ninguno el Papa o arzobispo.
A las ocho de la mañana entra a mi cuarto la patrona de la pensión, una señora gorda, sosegada y maternal. Me da dos palmaditas en la espalda y me pone junto al velador la taza de café con leche y pan con manteca. Mi patrona me respeta y considera. Mi patrona tiene un loro que dice:
"¡Ajuá! ¿Te fuiste? Que te vaya bien", y el loro y la patrona me consuelan de que la vida sea ingrata para otros, que tienen mujer y, además de mujer, una caterva de hijos.
Soy dulcemente egoísta y no me parece mal.
Trabajo lo indispensable para vivir, sin tener que gorrear a nadie, y soy pacífico, tímido y solitario. No creo en los hombres, y menos en las mujeres, mas esta convicción no me impide buscar a veces el trato de ellas, porque la experiencia se afina en su roce, y además no hay mujer, por mala que sea, que no nos haga indirectamente algún bien.
Me gustan las muchachitas que se ganan la vida.
Son las únicas mujeres que provocan en mí un respeto extraordinario, a pesar de que no siempre son un encanto. Pero me gustan porque afirman un sentimiento de independencia, que es el sentido interior que rige mi vida.
Más me gustan todavía las mujeres que no se pintan. Las que se lavan la cara, y con el cabello húmedo, salen a la calle, dando una sensación de limpieza interior y exterior que haría que uno, sin escrúpulos de ninguna clase, les besara encantado los pies.
No me gustan los chicos, sino excepcionalmente. En todo chiquillo, casi siempre se descubren fisonómicamente los rastros de las pillerías de los padres, de manera que sólo me agradan a la distancia y cuando pienso artificialmente con el pensamiento de los demás que coinciden en decir: "¡que chicos, son un encanto", aunque es mentira.
Me baño todos los días en invierno y verano. Tener el cuerpo limpio me parece que es el comienzo de la higiene mental.
Creo en el amor cuando estoy triste, cuando estoy contento miro a ciertas mujeres como si fueran mis hermanas, y me agradaría tener el poder de hacerlas felices, aunque no se me oculta que tal pensamiento es un disparate, pues si es imposible que un hombre haga feliz a una sola mujer, menos todavía a todas.
He tenido varias novias, y en ellas descubrí únicamente el interés de casarse, cierto es que dijeron quererme, pero luego quisieron también a otros, lo cual demuestra que la naturaleza humana es sumamente inestable, aunque sus actos quieran inspirarse en sentimientos eternos. Y por eso no me casé con ninguna.
Personas que me conocen poco dicen que soy un cínico; en verdad, soy un hombre tímido y tranquilo, que en vez de atenerse a las apariencias busca la verdad, porque la verdad puede ser la única guía de vivir honrado.
Mucha gente ha tratado de convencerme de que formara un hogar; al final descubrí que ellos serían muy felices si pudieran no tener hogar.
Soy servicial en la medida de lo posible y cuando mi egoísmo no se resiente mucho, aunque me he dado cuenta que el alma de los hombres está constituida de tal manera, que más pronto olvidan el bien que se les ha hecho que el mal que no se les causó.
Como todos los seres humanos he localizado muchas mezquindades en mí y más me agradaría no tener ninguna, mas al final me he convencido que un hombre sin defectos sería inaguantable, porque jamás le daría motivo a sus prójimos para hablar mal de él, y lo único que nunca se le perdona a un hombre, es su perfección.
Hay días que me despierto con un sentimiento de dulzura floreciendo en mi corazón. Entonces me hago escrupulosamente el nudo de la corbata y salgo a la calle, y miro amorosamente las curvas de las mujeres. Y doy las gracias a Dios por haber fabricado un bicho tan lindo, que con su sola presencia nos enternece los sentidos y nos hace olvidar todo lo que hemos aprendido a costa del dolor.
Si estoy de buen humor, compro un diario y me entero de lo que pasa en el mundo, y siempre me convenzo de que es inútil que progrese la ciencia de los hombres si continúan manteniendo duro y agrio su corazón como era el corazón de los seres humanos hace mil años.
Al anochecer vuelvo a mi cuartujo de cenobita, y mientras espero que la sirvienta -una chica muy bruta y muy irritable- ponga la mesa, "sotto voce" canturreo Una furtiva lacrima, o sino Addio del passato o Bei giorni ridenti... Y mi corazón se anega de una paz maravillosa, y no me arrepiento de haber nacido.
No tengo parientes, y como respeto la belleza y detesto la descomposicón, me he inscripto en la sociedad de cremaciones para que el día que yo me muera el fuego me consuma y quede de mí, como único rastro de mi limpio paso sobre la tierra, unas puras cenizas.