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martes, 27 de abril de 2010

Teorías de la comunicación de masas: Los estudios culturales

Los estudios culturalesLas obras que dieron inicio a esta corriente de pensamiento surgieron en la década 50 en Inglaterra.
En 1964 se formo el centro de estudios culturales contemporáneos de la universidad de B
irmingham que reunió a los principales intelectuales de esta corriente: Richard Hoggart, Raymond Williams y Suart Hall. Estos analizaron la vida cotidiana de los sectores populares en las sociedades industriales contemporáneas.
Recurrían a instrumentos de análisis propios 
de la antropología, la semiótica, la sociología y la teoría literaria. Reflexionaban sobre el consumo de la radio, el cine y la televisión, porque pensaban que los medios constituyen un factor importante el la vida cotidiana de los sectores populares. Consideraban que los mensajes son siempre polisémicos, es decir, que no tienen sentido único y fijo, un mismo mensaje puede ser interpretado de diferentes maneras.
La manera de interpretar los mensajes varía según la clase social. La distinta forma de interpretación no depende únicamente de las características psicológicas
de los receptores.
Los pensadores de la Escuela de Birmingham sostienen que los mensajes masivos suelen estar organizado de acuerdo con la cultura de la clase dominante, pero partiendo de esos mensajes las clases populares "negocian" el significado, produciendo activamente interpretaciones que bien pueden ser consideradas formas de resistencia.
Se entiende, entonces, que leer y mirar televisión son procesos de conflicto y negociación entre el espectador y el texto, que deben entenderse en el contexto de los conflictos y los actores en el ámbito socioeconómico.


Fuentes:

"Comunicación, Sociedad y Medios" de editorial Santillana. Capítulo 2: "Estudios y Teorías Sobre los Medios Masivos".

sábado, 21 de noviembre de 2009

comentario "la terrible sinceridad"

a mi me parece que esta crònica muestra la realidad en que vivimos hoy ya que nuestra sociedad no adopta a la sinceridad como un valor,sino que la mentira y el regaño son fundamentales para que las personas sigan en pie.
YO NO TENGO LA CULPA


Yo siempre que me ocupo de cartas de lectores, suelo admitir que se me hacen algunos elogios. Pues bien, hoy he recibido una carta en la que no se me elogia. Su autora, que debe ser una respetable anciana, me dice:
"Usted era muy pibe cuando yo conocía a sus padres, y ya sé quién es usted a través de su Arlt".
Es decir, que supone que yo no soy Roberto Arlt. Cosa que me está alarmando, o haciendo pensar en la necesidad de buscar un pseudónimo, pues ya el otro día recibí una carta de un lector de Martínez, que me pre¬guntaba:
"Dígame, ¿usted no es el señor Roberto Giusti, el concejal del Parti¬do Socialista Independiente?"
Ahora bien, con el debido respeto por el concejal independien¬te, manifiesto que no; que yo no soy ni puedo ser Roberto Giusti, a lo más soy su tocayo, y más aún: si yo fuera concejal de un par¬tido, de ningún modo escribiría notas, sino que me dedicaría a dor¬mir truculentas siestas y a "acomodarme" con todos los que tuvie¬ran necesidad de un voto para hacer aprobar una ordenanza que les diera millones.
Y otras personas también ya me han preguntado: "¿Dígame, ese Arlt no es pseudónimo?".
Y ustedes comprenden que no es cosa agradable andar demostrándoles a la gente que una vocal y tres consonantes pueden ser un ape¬llido.
Yo no tengo la culpa que un señor ancestral, nacido vaya a saber en qué remota aldea de Germanía o Prusia, se llamara Arlt. No, yo no tengo la culpa.
Tampoco puedo argüir que soy pariente de William Hart, co¬mo me preguntaba una lectora que le daba por la fotogenia y sus astros; mas tampoco me agrada que le pongan sambenitos a mi ape¬llido, y le anden buscando tres pies. ¿No es, acaso, un apellido ele¬gante, sustancioso, digno de un conde o de un barón? ¿No es un apellido digno de figurar en chapita de bronce en una locomotora o en una de esas máquinas raras, que ostentan el agregado de "Máquina polifacética de Arlt"?
Bien: me agradaría a mí llamarme Ramón González o Justo Pérez. Nadie dudaría, entonces, de mi origen humano. Y no me preguntarían si soy Roberto Giusti, o ninguna lectora me escribiría, con mefistofélica sonrisa de máquina de escribir: "Ya sé quién es usted a través de su Arlt". Ya en la escuela, donde para dicha mía me expulsaban a cada mo¬mento, mi apellido comenzaba por darle dolor de cabeza a las directoras y maestras. Cuando mi madre me llevaba a inscribir a un grado, la direc¬tora, torciendo la nariz, levantaba la cabeza, y decía:
-¿Cómo se escribe "eso"?
Mi madre, sin indignarse, volvía a dictar mi apellido. Entonces la directora, humanizándose, pues se encontraba ante un enigma, exclama¬ba:
-¡Qué apellido más raro! ¿De qué país es?
-Alemán.
-¡Ah! Muy bien, muy bien. Yo soy gran admiradora del káiser -agregaba la señorita. (¿Por qué todas las directoras serán "señoritas"?) En el grado comenzaba nuevamente el vía crucis. El maestro, examinándole, de mal talante, al llegar en la lista a mi nombre, decía: -Oiga usted, ¿cómo se pronuncia "eso"? ("Eso" era mi apellido.) Entonces, satisfecho de ponerlo en un apuro al pedagogo, le dicta¬ba:
-Arlt, cargando la voz en la ele.
Y mi apellido, una vez aprendido, tuvo la virtud de quedarse en la memoria de todos los que lo pronunciaron, porque no ocurría barbari¬dad en el grado que inmediatamente no dijera el maestro:
-Debe ser Arlt.
Como ven ustedes, le había gustado el apellido y su musicalidad.
Y a consecuencia de la musicalidad y poesía de mi apellido, me echa¬ban de los grados con una frecuencia alarmante. Y si mi madre iba a re¬clamar, antes de hablar, el director le decía:
-Usted es la madre de Arlt. No; no señora. Su chico es insoporta¬ble.
Y yo no era insoportable. Lo juro. El insoportable era el apellido. Y a consecuencia de él, mi progenitor me zurró numerosas veces la bada¬na.
Está escrito en la Cábala: "Tanto es arriba como abajo". Y yo creo que los cabalistas tuvieron razón. Tanto es antes como ahora. Y los líos que suscitaba mi apellido, cuando yo era un párvulo angelical, se produ¬cen ahora que tengo barbas y "veintiocho septiembres", como dice la que sabe quién soy yo "a través de su Arlt".
Y a mí, me revienta esto.
Me revienta porque tengo el mal gusto de estar encantadísimo con ser Roberto Arlt. Cierto es que preferiría llamarme Pierpont Morgan o Henry Ford o Edison o cualquier otro "eso", de esos; pero en la material imposibilidad de transformarme a mi gusto, opto por acostumbrarme a mi apellido y cavilar, a veces, quién fue el primer Arlt de una aldea de Germanía o de Prusia, y me digo: ¡Qué barbaridad habrá hecho ese ante¬pasado ancestral para que lo llamaran Arlt! O, ¿quién fue el ciudadano, burgomaestre, alcalde o portaestandarte de una corporación burguesa, que se le ocurrió designarlo con estas inexpresivas cuatro letras a un se¬ñor que debía gastar barbas hasta la cintura y un rostro surcado de arru¬gas gruesas como culebras?
Mas en la imposibilidad de aclarar estos misterios, he acabado por resignarme y aceptar que yo soy Arlt, de aquí hasta que me muera; cosa desagradable, pero irremediable. Y siendo Arlt no puedo ser Roberto Gius¬ti, como me preguntaba un lector de Martínez, ni tampoco un anciano, como supone la simpática lectora que a los veinte años conoció a mis pa¬dres, cuando yo "era muy pibe". Esto me tienta a decirle: "Dios le dé cien años más, señora; pero yo no soy el que usted supone".
En cuanto a llamarme así, insisto: Yo no tengo la culpa.

cometario"yo no tengo la culpa"

esta crònica esta buena ya que nos enseña y nos muestra lo que usualmente nosotros decimos o hacemos

yo no tengo la culpa

YO NO TENGO LA CULPA


Yo siempre que me ocupo de cartas de lectores, suelo admitir que se me hacen algunos elogios. Pues bien, hoy he recibido una carta en la que no se me elogia. Su autora, que debe ser una respetable anciana, me dice:
"Usted era muy pibe cuando yo conocía a sus padres, y ya sé quién es usted a través de su Arlt".
Es decir, que supone que yo no soy Roberto Arlt. Cosa que me está alarmando, o haciendo pensar en la necesidad de buscar un pseudónimo, pues ya el otro día recibí una carta de un lector de Martínez, que me pre¬guntaba:
"Dígame, ¿usted no es el señor Roberto Giusti, el concejal del Parti¬do Socialista Independiente?"
Ahora bien, con el debido respeto por el concejal independien¬te, manifiesto que no; que yo no soy ni puedo ser Roberto Giusti, a lo más soy su tocayo, y más aún: si yo fuera concejal de un par¬tido, de ningún modo escribiría notas, sino que me dedicaría a dor¬mir truculentas siestas y a "acomodarme" con todos los que tuvie¬ran necesidad de un voto para hacer aprobar una ordenanza que les diera millones.
Y otras personas también ya me han preguntado: "¿Dígame, ese Arlt no es pseudónimo?".
Y ustedes comprenden que no es cosa agradable andar demostrándoles a la gente que una vocal y tres consonantes pueden ser un ape¬llido.
Yo no tengo la culpa que un señor ancestral, nacido vaya a saber en qué remota aldea de Germanía o Prusia, se llamara Arlt. No, yo no tengo la culpa.
Tampoco puedo argüir que soy pariente de William Hart, co¬mo me preguntaba una lectora que le daba por la fotogenia y sus astros; mas tampoco me agrada que le pongan sambenitos a mi ape¬llido, y le anden buscando tres pies. ¿No es, acaso, un apellido ele¬gante, sustancioso, digno de un conde o de un barón? ¿No es un apellido digno de figurar en chapita de bronce en una locomotora o en una de esas máquinas raras, que ostentan el agregado de "Máquina polifacética de Arlt"?
Bien: me agradaría a mí llamarme Ramón González o Justo Pérez. Nadie dudaría, entonces, de mi origen humano. Y no me preguntarían si soy Roberto Giusti, o ninguna lectora me escribiría, con mefistofélica sonrisa de máquina de escribir: "Ya sé quién es usted a través de su Arlt". Ya en la escuela, donde para dicha mía me expulsaban a cada mo¬mento, mi apellido comenzaba por darle dolor de cabeza a las directoras y maestras. Cuando mi madre me llevaba a inscribir a un grado, la direc¬tora, torciendo la nariz, levantaba la cabeza, y decía:
-¿Cómo se escribe "eso"?
Mi madre, sin indignarse, volvía a dictar mi apellido. Entonces la directora, humanizándose, pues se encontraba ante un enigma, exclama¬ba:
-¡Qué apellido más raro! ¿De qué país es?
-Alemán.
-¡Ah! Muy bien, muy bien. Yo soy gran admiradora del káiser -agregaba la señorita. (¿Por qué todas las directoras serán "señoritas"?) En el grado comenzaba nuevamente el vía crucis. El maestro, examinándole, de mal talante, al llegar en la lista a mi nombre, decía: -Oiga usted, ¿cómo se pronuncia "eso"? ("Eso" era mi apellido.) Entonces, satisfecho de ponerlo en un apuro al pedagogo, le dicta¬ba:
-Arlt, cargando la voz en la ele.
Y mi apellido, una vez aprendido, tuvo la virtud de quedarse en la memoria de todos los que lo pronunciaron, porque no ocurría barbari¬dad en el grado que inmediatamente no dijera el maestro:
-Debe ser Arlt.
Como ven ustedes, le había gustado el apellido y su musicalidad.
Y a consecuencia de la musicalidad y poesía de mi apellido, me echa¬ban de los grados con una frecuencia alarmante. Y si mi madre iba a re¬clamar, antes de hablar, el director le decía:
-Usted es la madre de Arlt. No; no señora. Su chico es insoporta¬ble.
Y yo no era insoportable. Lo juro. El insoportable era el apellido. Y a consecuencia de él, mi progenitor me zurró numerosas veces la bada¬na.
Está escrito en la Cábala: "Tanto es arriba como abajo". Y yo creo que los cabalistas tuvieron razón. Tanto es antes como ahora. Y los líos que suscitaba mi apellido, cuando yo era un párvulo angelical, se produ¬cen ahora que tengo barbas y "veintiocho septiembres", como dice la que sabe quién soy yo "a través de su Arlt".
Y a mí, me revienta esto.
Me revienta porque tengo el mal gusto de estar encantadísimo con ser Roberto Arlt. Cierto es que preferiría llamarme Pierpont Morgan o Henry Ford o Edison o cualquier otro "eso", de esos; pero en la material imposibilidad de transformarme a mi gusto, opto por acostumbrarme a mi apellido y cavilar, a veces, quién fue el primer Arlt de una aldea de Germanía o de Prusia, y me digo: ¡Qué barbaridad habrá hecho ese ante¬pasado ancestral para que lo llamaran Arlt! O, ¿quién fue el ciudadano, burgomaestre, alcalde o portaestandarte de una corporación burguesa, que se le ocurrió designarlo con estas inexpresivas cuatro letras a un se¬ñor que debía gastar barbas hasta la cintura y un rostro surcado de arru¬gas gruesas como culebras?
Mas en la imposibilidad de aclarar estos misterios, he acabado por resignarme y aceptar que yo soy Arlt, de aquí hasta que me muera; cosa desagradable, pero irremediable. Y siendo Arlt no puedo ser Roberto Gius¬ti, como me preguntaba un lector de Martínez, ni tampoco un anciano, como supone la simpática lectora que a los veinte años conoció a mis pa¬dres, cuando yo "era muy pibe". Esto me tienta a decirle: "Dios le dé cien años más, señora; pero yo no soy el que usted supone".
En cuanto a llamarme así, insisto: Yo no tengo la culpa.

crònica de una esquina

En Fabrica Militar, dentro del barrio General Sabio, se puede observar que tiene una esquina algo usual, pero también casual, donde mayormente los vecinos se encuentran para relatar sus problemas, o sus alegrías.
Todos sabemos muy bien que siempre hay un lugar especial dentro de cada barrio, donde muchas veces los vecinos se reúnen entre sí para contarse su vida cotidiana, comparándose mientras sobre cuentan sus acontecimientos que les ocurre y que los hace diferente, para así decirse de alguna manera “sentirnos algo especial y también sobresaliente a los demás”.
En la esquina de casa se puede ver que tiene algo tan especial que llama la atención y atrae las personas de un manera que todavía no puedo entender y solo encuentro sentido de que esa atracción es “muy natural”. La esquina divide dos calles, posee árboles muy interesantes para la vista de cada persona, dándole a la esquina un toque mágico cuando se reviste durante todo el año, ya sea en cualquier estación de ella. Los árboles durante, primavera brindan un verde brillante, en verano una hermoso violeta que le da color a la gente, el otoño se reviste con sus tonos de amarillo, y en invierno muestra en marrón de sus troncos.
Las personas se reúnen allí y tan solo con algún”hola, como te va?”,ya se da comienzo a las grandes conversaciones, que puedan durar horas sin algún problema ya sea con lluvia o que este soleado en todos los tiempos climáticos. Allí se formaron las grandes amistades que siguen permaneciendo durante años y que de alguna manera se vuelven familiares; esas grandes amistades que uno nunca olvida.
Si le tendría que dar algún título para contar esta historia diría:”una esquina, un millón de historia” .

martes, 19 de mayo de 2009

Los estudios culturales en la actualidad
Originalmente los investigadores de esta corriente centraron su atención en la división de la sociedad según a nivel social y económico de las personas. Actualmente los investigadores empezaron a pensar en otras divisiones sociales, por ejemplo, en la distinción entre género femenino y masculino, la distinción de razas, la nacionalidad, la edad y la religión. Esto nuevos estudios han analizado como los sectores subordinados reciben los mensajes de los medios de comunicación y como resisten su dominación através de las distintas interpretaciones de estos mensajes. Algunos autores señalan que el poder de los espectadores para reinterpretar significados no es nunca equivalente a los de los medios.
Fuentes:
Capítulo número dos, “Estudios y Teorías Sobre los Medios Masivos”, del libro “Comunicación. Sociedad y medios.”, de Editorial Santillana.

Una teoría material de la cultura - Raymond Williams

Uno de los aportes más novedosos de los Estudios Culturales reside en su forma de concebir la cultura. Raymond Williams realizó una investigación acerca de los diferentes significados que tuvo la palabra “cultura” através del tiempo. En sus orígenes este concepto estaba asociado al “cultivo de la tierra”. En en romanticismo (Siglo XIX) en termino cultura se utilizo para designar al arte, la literatura y la vida intelectual. Desde entonces, cultura paso a ser sinónimo de “los bienes del espíritu” y se la asocio al “mundo de las ideas”. En el siglo XX, la antropología aporto una nueva definición. Para los antropólogos la cultura es el conjunto de las actividades y producciones de todas las personas que componen una sociedad, desde este punto de vista, es entendida como el conjunto de procesos que generan modos de vida específicos y diferentes. Williams tomo la noción de cultura proveniente de la antropología e intento vincularla con las ideas teóricas del marxismo, es decir, que la cultura no era un nivel autónomo sino que sus prácticas y sus productos estaban determinados por los procesos sociales y económicos. Pensaban que para explicar los fenómenos culturales bastaba con analizar las relaciones de reducción económicos/sociales en las que se basa una sociedad. Williams afirmaba que la cultura es un fenómeno fundamental para comprender las relaciones sociales de desigualdad. Para Williams la cultura es un conjunto de acciones de los miembros de una sociedad que tienen un significado. Esta significaciones no son pensamientos o ideas abstractas, sino que se plasman en practicas de la vida cotidiana y objetos específicos.

Fuentes:

Capítulo número dos, “Estudios y Teorías Sobre los Medios Masivos”, del libro “Comunicación. Sociedad y medios.”, de Editorial Santillana.

domingo, 22 de marzo de 2009

Trabajo Práctico Nº 1: La historia de la Televisión en Argentina

Antecedentes Internacionales


Algunos hitos:
-En 1923 Vladimir ZWORYKIN desarrolla el iconoscopio, un aparato que descompone impulsos eléctricos en imágenes.

-En 1924 John BAIRD logra reproducir en laboratorio las primeras imágenes televisadas.

-En 1939 se da comienzo las transmisiones televisivas en EE.UU. Lo hace el Presidente Franklin ROOSVELT al dejar inaugurada la Feria de New York.

Luego, la 2º Guerra Mundial interrumpe los avances en materia de televisión, ya que toda la capacidad tecnológica de las fábricas de insumos electrónicos es puesta al servicio de las necesidades de la guerra.


La televisión en Argentina

En julio de 1951, Jaime Yankelevich, pionero en el medio, trae desde EE.UU. los primeros equipos. Llegan cámaras, transmisores, cables, luces, repuestos y todo lo necesario para poner en marcha la televisión en Argentina.

En 1954 comienza el primer tele noticioso argentino, que se emitía a la noche y presentaba un resumen de los hechos acontecidos durante la jornada.


En 1959, cronistas de radio y televisión fundaron la Asociación de Periodistas de la Televisión y Radiofonía Argentinas (APTRA). A fin de año se realizó la entrega del primer premio: “El gaucho”. Al año siguiente, ya bautizada la estatuilla con el nombre de “Martín Fierro”, APTRA distinguió a Tato Bores, un actor clásico del humor político argentino.
Con la dictadura militar de 1976, llegan a los canales interventores militares, elaboran listas negras y recortan la programación.

Con el Mundial de Fútbol en 1978, la dictadura creó el Ente Argentina78 TV con el propósito de instaurar un canal de transmisión en color. Nació ATC en reemplazo del Canal 7, con instalaciones monumentales y de última generación. Otra muestra del accionar dictatorial con la televisión fue el engañoso manejo informativo que se hizo durante la Guerra de Malvinas a través del tratamiento triunfalista del conflicto.

En los años 80, comienza la TV por cable que permitía ver las transmisiones sin interferencias, y también que los programas no tengan tantos cortes publicitarias. En 1983 ya ha logrado desarrollarse más y se autoriza la recepción de señales satelitales del exterior.

En 1989 el gobierno de Carlos Saúl Menen impulsa la privatización de los canales 11 y 13.

Se da entonces el puntapié inicial a la expansión de los multimedios.

La década del 90:
El videocable permitió la llegada de series originales sin doblaje. Los programas infantiles también tuvieron en productos importados sus principales referentes y proliferaron dibujos animados protagonizados por monstruos y criaturas extrañas. El deporte pasó a ocupar un rol destacado, con canales de dedicación temática completa. Los noticieros presentan un nuevo formato con información más general y policial. Se popularizan las cámaras sorpresa, algunas de ellas de humor (bloopers, cámara cómplice) y otras de deschave informativo.

Hoy resulta difícil predecir el rumbo que tendrá la televisión en los próximos diez o veinte años, sobre todo a partir de la incorporación de las nuevas tecnologías al espacio audiovisual. Sin embargo algunas tendencias actuales van a continuar, como por ejemplo el uso de múltiples cámaras o micrófonos y la interacción con el público a través de telefonía celular o Internet.



Fuentes




Agrano Aldana, Agú Sofía, Albornoz Yanina, Grosso David, Manias Alejandro. 4º "A" Humanidades.