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lunes, 2 de noviembre de 2009

Aguafuerte: LA TRAGEDIA DE UN HOMBRE HONRADO

Todos los días asisto a la tragedia de un hombre honrado. Este hombre honrado tiene un café que bien puede estar evaluado en treinta mil pesos o algo más. Bueno: este hombre honrado tiene una esposa honrada.
A esta esposa honrada la ha colocado a cuidar la victrola. Dicho procedimiento le ahorra los ochenta pesos mensuales que tendría que pagarle a una victrolista. Mediante este sistema, mi hombre honrado economiza, al fin del año, la respetable suma de novecientos sesenta pesos sin contar los intereses capitalizados. Al cabo de diez años tendrá ahorrados...
Pero mi hombre honrado es celoso. ¡Vaya si he comprendido que es celoso!Levantando la guardia tras la caja, vigila, no sólo la consumición que hacen sus parroquianos, sino también las miradas de éstos para su mujer. Y sufre. Sufre honradamente. A veces se pone pálido, a veces le fulguran los ojos. ¿Por qué? Porque alguno se embota más de lo debido con las regordetas pantorrillas de su cónyuge. En estas circunstancias, el hombre honrado mira para arriba, para cerciorarse si su mujer corresponde a las inflamadas ojeadas del cliente, o si se entretiene en leer una revista. Sufre. Yo veo que sufre, que sufre honradamente; que sufre olvidando en ese instante que su mujer le aporta una economía diaria de dos pesos sesenta y cinco centavos; que su legítima esposa aporta a la caja de ahorros novecientos sesenta pesos anuales. Sí, sufre. Su honrado corazón de hombre prudente en lo que atañe al dinero, se conturba y olvida de los intereses cuando algún carnicero, o cuidador de ómnibus, estudia la anatomía topográfica de su también honrada cónyuge. Pero más sufre aún cuando, el que se deleita contemplando los encantos de su esposa, es algún mozalbete robusto, con bigotitos insolentes y espaldas lo suficientemente poderosas como para poder soportar cualquier trabajo extraordinario. Entonces mi hombre honrado mira desesperadamente para arriba. Los celos que los divinos griegos inmortalizaron, le desencuadernan la economía, le tiran abajo la quietud, le socavan la alegría de ahorrarse dos pesos sesenta y cinco centavos por día; y desesperado hace rechinar los dientes y mira a su cliente como si quisiera darle tremendos mordiscones en los riñones.
Yo comprendo, sin haber hablado una sola palabra con este hombre, el problema que está encarando su alma honrada. Lo comprendo, lo interpreto, lo "manyo". Este hombre se encuentra ante un dilema hamletiano, ante el problema de la burra Balaam, ante... ¡ante el horrible problema de ahorrarse ochenta mangos mensuales! Son ochenta pesos. ¿Saben ustedes los bultos, las canastas, las jornadas de dieciocho horas que éste trabajó para ganar ochenta pesos mensuales? No; nadie se lo imagina.
De allí que lo comprendo. Al mismo tiempo quiere a su mujer. ¡Cómo no la va a querer! Pero no puede menos de hacerla trabajar, como el famoso tacaño de Anatole France no pudo menos de cortarle unas rebarbas a las monedas de oro qué le ofrecía a la Virgen: seguía fiel a su costumbre. Y ochenta pesos son ocho billetes de a diez pesos, dieciséis de a cinco y... dieciséis billetes de a cinco pesos, son plata... son plata...
Y la prueba de que nuestro hombre es honrado, es que sufre en cuanto empiezan a mirarle a la cónyuge. Sufre visiblemente. ¿Qué hacer? ¿Renunciar a los ochenta pesos, o resignarse a una posible desilusión conyugal?
Si este hombre no fuera honrado, no le importaría que le cortejaran a su propia esposa. Más aún, se dedicaría como el célebre señor Bergeret, a soportar estoicamente su desgracia.
No; mi cafetero no tiene pasta de marido extremadamente complaciente. En él todavía late el Cid, don Juan, Calderón de la Barca y toda la honra de la raza, mezclada a la terribilísima avaricia de la gente del terruño.
Son ochenta pesos mensuales. ¡Ochenta! Nadie renuncia a ochenta pesos mensuales porque sí. Él ama a su mujer; pero su amor no es incompatible con los ochenta pesos.
También ama su frente limpia de todo adorno, y también ama su comercio, la economía bien organizada, la boleta de depósito en el banco, la libreta de cheques. ¡Cómo ama el dinero este hombre honradísimo, malditamente honrado!
A veces voy a su café y me quedo una hora, dos, tres. El cree que cuando le miro a la mujer estoy pensando en ella, y está equivocado. En quien pienso es en Lenin... en Stalin... en Trotzky... Pienso con una alegría profunda y endemoniada en la cara que este hombre pondría si mañana un régimen revolucionario le dijera:
-Todo su dinero es papel mojado.







COMENTARIO

sábado, 25 de julio de 2009

Año Nuevo


AÑO NUEVO

Me revienta escribir sobre año nuevo. Cierto es que nadie me obliga hacerlo, pero debido a que es el tema de cajón de todos los plumeriferos que nos ganamos el pan, hay que recaer en el tema. Cosa, insisto, que me revienta, porque si analizamos un poco, maldita la gracia que nos puede hacer tener un año menos de vida o ser un año mas viejo de lo que éramos el año pasado.

.Además…

¿Es usted un año más rico por ser año nuevo? No. ¿Es más feliz? Probablemente no. ¿Es mas joven? No. ¿Sus deudas han mermado? No. Y entonces ¿de qué alegrarse? ¿De no haberse muerto el año pasado? Es lo único… Para colmo este año nuevo empieza con un baterío espantoso; me lo encuentro a X que me dice:

-Indudablemente yo soy un hombre de principios. He vivido siempre sin un centavo y para no contrariar esos principios, comienzo el año con tal infinidad de deudas y tan sin plata que yo, alegremente, no se lo que va a ocurrir.

Me encuentro a otro X que se me acerca y me dice al oído, con uno de esos gestos pavorosos que dibujan los hombres que conocen el secreto del futuro:

-¡Amáquese amigo! El próximo año comercial es de quiebras, convocatorias, estafas, fraudes, incendios, desapariciones, la mar en coche. ¡Amáquese amigo!

Me aparto de este sujeto tenebroso y agorero, y doy de narices con un político nefasto, charlatán, desfachatado como una estatua y soturno como un calabrés que, después de depositar su pegajosa mano fría en la mía, la aparta, diseña como una especie de horóscopo cabalístico en el espacio para vomitar luego, con insigne fruición:

-Este próximo año, un presente griego. Revolución en perspectiva, partidos políticos que se fusionaran con altos personajes militares y policiales; tenemos grandes diarios a nuestro servicio; denunciaremos treinta mil fortunas nuevas hechas en un año a base de radicalismo; atentados al presidente, sabotajes, huelgas. ¡Abaníquese amigo, compañero!

Trotando me he apartado de este endiablado facineroso. De pronto, me toma del brazo el empleado de una empresa y, confidencialmente, me invita un cívico. De paso me cuenta:

-Estoy contento con mi nuevo patrón. Hoy me llamó aparte y me dijo: Cierto es que no le he aumentado el sueldo ni le he dado aguinaldo, pero en cambio, no lo he incluido en la lista de economías que regirá el año próximo en mi empresa.

Y mi empleado continúa:

-Este año próximo vamos a tener un mercado de ofrecimientos de empleado extraordinario. La situación esta muy mala.

He huido despavorido. Me he metido en mi caverna situada en una casa de pensión y, de pronto, un ruido de voces hace que asome la punta de la nariz por el tragaluz para escucharla a doña Irene, la magnánima cocinera del antro en que vivo. Y he escuchado que doña Irene decía:

-No se puede vivir. Un tomate cuesta diez centavos. Una plantita de lechuga rasposa, diez centavos. Un choclo desabrido, diez centavos. A los pensionistas va a haber que darles alfalfa si no queremos ir a la ruina.

Indudablemente – he pensado- este año nuevo los pesebres se habilitarán como pensiones. ¡Maldita sea la situación!

.No señor…

No señor, me revienta hablar del año nuevo, no oigo nada más que a quejosos. Pero lo grave es que tienen razón. ¿No seria preferible escribir sobre algún tema más divertido? Por ejemplo, sobre los gordos que hacen gimnasia. Es un plato. Pero no. Oficialmente tengo que escribir sobre año nuevo. ¿Que voy a decir sobre año nuevo si a mi no me interesa? Lo único que veremos la noche del año nuevo serán formidables brigadas de pelafustanes que a caballo sobre la capota de un auto esgrimen un sombrero con una mano y una botella de cerveza en la otra. Y en los cafés del centro, señoras que una vez al año llevan a los chicos a “ver la iluminación”; en fin, toda la cáfila sudorosa de gente barriguda, grasienta, que larga vapores de salchichones injeridos y ensaladas trasnochadas, mientras los purretes se sacan los mocos con el revés de la manga de una blusa marinera.

A los únicos que legra e inquieta simultáneamente el año nuevo es a los “trompas” de los bodegones”. No hay envenenador de estos que no salga veinte veces al día a la vereda para olfatear el cielo, a observar si no se esta formando una tormenta que le estropee los ingresos que espera obtener a base de los gargueros resecos de toda la gente que se ha lanzado a la calle a “divertirse”. Se lo regalo al “divertimiento”.

.Lo único lindo

Lo único lindo de la noche que ha servido para entrar al año nuevo son las doce horas las doce horas en las distancias se cubren de hilos de pensamiento, pensamientos de los amantes distantes que se buscan a través del espacio y se reencuentran con mudas promesas de pensamiento en tanto las sirenas oradaban el cielo con silbos aulladores. Lo único lindo de la entrada al año nuevo han sido las doce de la noche, hora patética en que muchos corazones se preguntarán en dulce incertidumbre: ¿que será de la vida en este año entrante?

Y lo único lindo ha sido y será siempre esto: el enigma de lo que vendrá a cuestas de los doce meses próximos. Sean amigos o enemigos.


1 de enero de 1930

Comentario, reflexion.



















sábado, 11 de julio de 2009

Comentario: "Causa y sinrazon de los celos"

El mensaje que quiere dejar Roberto Arlt con este aguafuerte es que el hombre sin experiencia en el amor es extremadamente celoso, y la mujer en este caso actua manejandolo como a un maniqui. En cambio la mujer celosa intenta esconder los celos y no lo demuestra, de modo de que si lo demuestra cambiarian los roles y ella seria quien estaria constantemente detras de el.
Leyendo este aguafuerte y "Soliloquio del solteron" , Arlt deja muy clara su forma de pensar sobre la pareja, el amor, los matrimonios, la convivencia entre marido y mujer. El piensa que muy pocas parejas sienten verdaderamente amor.
Desde mi punto de vista todos tenemos un poco de celo, algunos en gran cantidad, otros en poca , pero hay quien lo demustra y hay quien no.
Mi forma de pensar es que en una pareja con celos no existe la confianza mutua, y si una pareja no tiene confianza mutua no es amor. OJO! Ese acto de celo puede ser una forma no muy demostrativa de expresar el amor que siente una persona hacia otra.
El matrimonio para mi es un tema si experiencias vividas, pero este aguarfuerte refleja la realidad en la que viven los adultos de hoy. Las señoras casadas pierden ese celo, que demostraba el interes o el amor que sentia anteriormente por su marido


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uafuerte

CAUSA Y SINRAZON DE LOS CELOS

Hay buenos muchachitos, con metejones de primera agua, que le amargan la vida a sus respectivas novias promoviendo tempestades de celos, que son realmente tormentas en vasos de agua, con lluvias de lágrimas y truenos de recriminaciones.
Generalmente las mujeres son menos celosas que los hombres. Y si son inteligentes, aun cuando sean celosas, se cuidan muy bien de descubrir tal sentimiento, porque saben que la exposición de semejante debilidad las entrega atadas de pies y manos al fulano que les sorbió el seso. De cualquier manera; el sentimiento de los celos es digno de estudio, no por los disgustos que provoca, sino por lo que revela en cuanto a psicología individual.
Puede establecerse esta regla:
Cuanto menos mujeres ha tratado un individuo, más celoso es.
La novedad del sentimiento amoroso conturba, casi asusta, y trastorna la vida de un individuo poco acostumbrado a tales descargas y cargas de emoción. La mujer llega a constituir para este sujeto un fenómeno divino, exclusivo. Se imagina que la suma de felicidad que ella suscita en él, puede proporcionársela a otro hombre; y entonces Fulano se toma la cabeza, espantado al pensar que toda "su" felicidad, está depositada en esa mujer, igual que en un banco. Ahora bien, en tiempos de crisis, ustedes saben perfectamente que los señores y señoras que tienen depósitos en instituciones bancarias, se precipitan a retirar sus depósitos, poseídos de la locura del pánico. Algo igual ocurre en el celoso. Con la diferencia que él piensa que si su "banco" quiebra, no podrá depositar su felicidad ya en ninguna parte. Siempre ocurre esta catástrofe mental con los pequeños financieros sin cancha y los pequeños enamorados sin experiencia.
Frecuentemente, también, el hombre es celoso de la mujer cuyo mecanismo psicológico no conoce. Ahora bien: para conocer el mecanismo psicológico de la mujer, hay que tratar a muchas, y no elegir precisamente a las ingenuas para enamorarse, sino a las "vivas", las astutas y las desvergonzadas, porque ellas son fuente de enseñanzas maravillosas para un hombre sin experiencia, y le enseñan (involuntariamente, por supuesto) los mil resortes y engranajes de que "puede" componerse el alma femenina. (Conste que digo "de que puede componerse", no de que se compone.)
Los pequeños enamorados, como los pequeños financistas, tienen en su capital de amor una sensibilidad tan prodigiosa, que hay mujeres que se desesperan de encontrarse frente a un hombre a quien quieren, pero que les atormenta la vida con sus estupideces infundadas.
Los celos constituyen un sentimiento inferior, bajuno. El hombre, cela casi siempre a la mujer que no conoce, que no ha estudiado, y que casi siempre es superior intelectualmente a él. En síntesis, el celo es la envidia al revés.
Lo más grave en la demostración de los celos es que el individuo, involuntariamente, se pone a merced de la mujer. La mujer en ese caso, puede hacer de él lo que se le antoja. Lo maneja a su voluntad. El celo (miedo de que ella lo abandone o prefiera a otro) pone de manifiesto la débil naturaleza del celoso, su pasión extrema, y su falta de discernimiento. Y un hombre inteligente, jamás le demuestra celos a una mujer, ni cuando es celoso. Se guarda prudentemente sus sentimientos; y ese acto de voluntad repetido continuamente en las relaciones con el ser que ama, termina por colocarle en un plano superior al de ella, hasta que al llegar a determinado punto de control interior, el individuo "llega a saber que puede prescindir de esa mujer el día que ella no proceda con él como es debido".
A su vez la mujer, que es sagaz e intuitiva, termina por darse cuenta de que con una naturaleza tan sólidamente plantada no se puede jugar, y entonces las relaciones entre ambos sexos se desarrollan con una normalidad que raras veces deja algo que desear, o terminan para mejor tranquilidad de ambos.
Claro está que para saber ocultar diestramente los sentimientos subterráneos que nos sacuden, es menester un entrenamiento largo, una educación de práctica de la voluntad. Esta educación "práctica de la voluntad" es frecuentísima entre las mujeres. Todos los días nos encontramos con muchachas que han educado su voluntad y sus intereses de tal manera que envejecen a la espera de marido, en celibato rigurosamente mantenido. Se dicen: "Algún día llegará". Y en algunos casos llega, efectivamente, el individuo que se las llevará contento y bailando para el Registro Civil, que debía denominarse "Registro de la Propiedad Femenina".
Sólo las mujeres muy ignorantes y muy brutas son celosas. El resto, clase media, superior, por excepción alberga semejante sentimiento. Durante el noviazgo muchas mujeres aparentan ser celosas; algunas también lo son, efectivamente. Pero en aquellas que aparentan celos, descubrimos que el celo es un sentimiento cuya finalidad es demostrar amor intenso inexistente, hacia un bobalicón que sólo cree en el amor cuando el amor va acompañado de celos. Ciertamente, hay individuos que no creen en el afecto, si el cariño no va acompañado de comedietas vulgares, como son, en realidad, las que constituyen los celos, pues jamás resuelven nada serio.
Las señoras casadas, al cabo de media docena de años de matrimonio (algunas antes), pierden por completo los celos. Algunas, cuando barruntan que los esposos tienen aventurillas de géneros dudosos, dicen, en círculos de amigas:
-Los hombres son como los chicos grandes. Hay que dejar que se distraigan. También una no los va a tener todo el día pegados a las faldas...
Y los "chicos grandes" se divierten. Más aún, se olvidan de que un día fueron celosos...
Pero este es tema para otra oportunidad.

COMENTARIO

lunes, 6 de julio de 2009

Comentario: "Soliloquio del solteron"

"Soliloquio del solteron"


Lo que opino sobre el aguafuerte escrito por Roberto Arlt, que el expresa mediante èste, su sentimiento y forma de pensar sobre las mujeres. El que tenia una vida muy pacifica , sin nadie que lo molestara, sin una mujer que viera en cada mañana al despertar, una vida mas o menos solitaria, tenia muy firme su opinion sobre las mujeres debido a su experiencia en el amor, y quiere morir solo. A este aguafuerte lo relaciono mucho con lo que se vive actualmente, o lo que veo yo desde mis 16 años de poca experiencia en el tema: cada vez hay menos parejas y mas divorcios, cada vez son las personas que viven solas, y tambien,mucha gente que sigue firme con su pensamiento de "que sin un matrimonio no es feliz".

SOLILOQUIO DEL SOLTERON

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Me miro el dedo gordo del pie, y gozo.

Gozo porque nadie me molesta. Igual que una tortuga, a la mañana, saco la cabeza debajo la caparazón de mis colchas y me digo, sabrosa­mente, moviendo el dedo gordo del pie:

-Nadie me molesta. Vivo solo, tranquilo y gordo como un archi­preste glotón.

Mi camita es honesta, de una plaza y gracias. Podría usarla sin repa­ro ninguno el Papa o el arzobispo.

A las ocho de la mañana entra a mi cuarto la patrona de la pensión, una señora gorda, sosegada y maternal. Me da dos palmaditas en la es­palda y me pone junto al velador la taza de café con leche y pan con man­teca. Mi patrona me respeta y considera. Mi patrona tiene un loro que dice: "¡Ajuá! ¿Te fuiste? Que te vaya bien", y el loro y la patrona me consuelan de que la vida sea ingrata para otros, que tienen mujer y, ade­más de mujer, una caterva de hijos.

Soy dulcemente egoísta y no me parece mal.

Trabajo lo indispensable para vivir, sin tener que gorrear a nadie, y soy pacífico, tímido y solitario. No creo en los hombres, y menos en las mujeres, mas esta convicción no me impide buscar a veces el trato de ellas, porque la experiencia se afina en su roce, y además no hay mujer, por mala que sea, que no nos haga indirectamente algún bien.

Me gustan las muchachitas que se ganan la vida. Son las únicas mu­jeres que provocan en mí un respeto extraordinario, a pesar de que no siempre son un encanto. Pero me gustan porque afirman un sentimiento de independencia, que es el sentido interior que rige mi vida.

Más me gustan todavía las mujeres que no se pintan. Las que se la­van la cara, y con el cabello húmedo, salen a la calle, causando una sen­sación de limpieza interior y exterior que haría que uno, sin escrúpulos de ninguna clase, les besara encantado los pies.

No me gustan los chicos, sino excepcionalmente. En todo chiquillo, casi siempre se descubren fisonómicamente los rastros de las pillerías de los padres, de manera que sólo me agradan a la distancia y cuando pienso artificialmente con el pensamiento de los demás que coinciden en decir: "¡Qué chicos, son un encanto!", aunque es mentira.

Me baño todos los días en invierno y verano. Tener el cuerpo limpio me parece que es el comienzo de la higiene mental.

Creo en el amor cuando estoy triste, cuando estoy contento miro a ciertas mujeres como si fueran mis hermanas, y me agradaría tener el po­der de hacerlas felices, aunque no se me oculta que tal pensamiento es un disparate, pues si es imposible que un hombre haga feliz a una sola mujer, menos todavía a todas.

He tenido varias novias, y en ellas descubrí únicamente el interés de casarse, cierto es que dijeron quererme, pero luego quisieron también a otros, lo cual demuestra que la naturaleza humana es sumamente inesta­ble, aunque sus actos quieran inspirarse en sentimientos eternos. Y por eso no me casé con ninguna.

Personas que me conocen poco dicen que soy un cínico; en verdad, soy un hombre tímido y tranquilo, que en vez de atenerse a las aparien­cias busca la verdad, porque la verdad puede ser la única guía del vivir honrado.

Mucha gente ha tratado de convencerme de que formara un ho­gar; al final descubrí que ellos serían muy felices si pudieran no tener hogar.

Soy servicial en la medida de lo posible y cuando mi egoísmo no se resiente mucho, aunque me he dado cuenta que el alma de los hombres está constituida de tal manera, que más pronto olvidan el bien que se les ha hecho que el mal que no se les causó.

Como todos los seres. humanos he localizado muchas mezquindades en mí y más me agradaría no tener ninguna, mas al final me he convenci­do que un hombre sin defectos sería inaguantable, porque jamás le daría motivo a sus prójimos para hablar mal de él, y lo único que nunca se le perdona a un hombre, es su perfección.

Hay días que me despierto con un sentimiento de dulzura florecien­do en mi corazón. Entonces me hago escrupulosamente el nudo de la cor­bata y salgo a la calle, y miro amorosamente las curvas de las mujeres. Y doy las gracias a Dios por haber fabricado un bicho tan lindo, que con su sola presencia nos enternece los sentidos y nos hace olvidar todo lo que hemos aprendido a costa del dolor.

Si estoy de buen humor, compro un diario y me entero de lo que pasa en el mundo, y siempre me convenzo de que es inútil que pro­grese la ciencia de los hombres si continúan manteniendo duro y agrio su corazón como era el corazón de los seres humanos hace mil años.

Al anochecer vuelvo a mi cuartujo de cenobita, y mientras espero que la sirvienta -una chica muy bruta y muy irritable- ponga la mesa, "sotto voce" canturreo Una furtiva lágrima, o sino Addio del passato o Bei giorni ridenti... Y mi corazón se anega de una paz maravillosa, y no me arrepiento de haber nacido.

No tengo parientes, y como respeto la belleza y detesto la des­composición, me he inscripto en la sociedad de cremaciones para que el día que yo muera el fuego me consuma y quede de mí, como úni­co rastro de mi limpio paso sobre la tierra, unas puras cenizas.



COMENTARIO:


jueves, 2 de julio de 2009

Apuntes filosóficos acerca del hombre que "se tira a muerto" - Roberto Arlt en Aguafuertes Porteñas

APUNTES FILOSÓFICOS ACERCA DEL HOMBRE QUE "SE TIRA A MUERTO"

Antes de iniciar nuestro grandioso y bello estudio acerca del "hombre que se tira a muerto", es necesario que nosotros, humildes mortales, ensalcemos a Marcelo de Courteline, el magnífico y nunca bien ponderado autor de Los señores chupatintas, y el que más amplia y jovialmente ha tratado de cerca al gremio nefasto de los "que se tiran a muerto", gremio parásito e imperturbable, que tiene puntos de contacto con el "squenun", gremio de sujetos que tienen caras de otarios y que son más despabilados que linces. Y cumplido ya nuestro deber con el señor de Courteline, entramos de lleno en nuestra simpática apología.

Hay una rueda de amigos en un café. Hace una hora que "le dan a los copetines", y de pronto llega el ineludible y fatal momento de pagar. Unos se miran a los otros, todos esperan que el compañero saque la cartera, y de pronto el más descarado o el más filósofo da fin a la cuestión con estas palabras:

-Me tiro a muerto.

El sujeto que anunció tal determinación, acabadas de pronunciar las palabras de referencia, se queda tan tranquilo como si nada hubiera ocurrido; los otros lo miran, pero no dicen oste ni moste, el hombre acaba de anticipar la última determinación admitida en el lenguaje porteño: Se tira a muerto.

¿Quiere ello decir que se suicidará? No, ello significa que nuestro personaje no contribuirá con un solo centavo a la suma que se necesita para pagar los copetines de marras.

Y como esta intención está apoyada por el rotundo y fatídico anuncio de "me tiro a muerto", nadie protesta.

Con meridiana claridad que nos envidiaría un académico o un confeccionador de diccionarios, acabamos de establecer la diferencia fundamental que establece el acto de "tirarse a muerto", con aquel otro adjetivo de "squenun".

Hacemos esta aclaración para colaborar en el porvenir del léxico argentino, para evitar confusiones de idioma tan caras a la academia de los fósiles y para que nuestros devotos lectores comprendan definitivamente la distancia que media entre el "squenun" y el "hombre que se tira a muerto".

El "qusenun" no trabaja. El "hombre que se tira a muerto" hace como que trabaja. El primero es el cínico de la holgazanería; el segundo, el hipócrita del dolce far riente. El primero no oculta su tendencia a la; vagancia, sino que por el contrario la fomenta con sendos baños de sol; el segundo acude a su trabajo, no trabaja, pero hace como que trabaja, cuando lo puede ver el jefe, y luego "se tira a muerto" dejando que sus; compañeros de deslomen trabajando.

¿El que "se tira a muerto" es un hombre que después de tantas cavilaciones llegó a la conclusión de que no vale la pena trabajar? No. No se "tira a muerto" el que quiere, sino el que puede, lo cual es muy distinto.

El que "se tira a muerto", ya ha nacido con tal tendencia. En la escuela era el último en levantar la mano para poder pasar a dar la lección, o si le conocía las mañas al maestro, levantaba el brazo siempre que éste no lo iba a llamar, creyendo que sabía la lección.

Cuando más infante, se hacía llevar en brazos por la madre, y si lo querían hacer caminar, lloraba como si estuviera muy cansado, porque en su rudimentario entendimiento era más cómodo ser llevado que llevarse a sí mismo.

Luego ingresó a una oficina, descubrió con su instinto de parásito cuál era el hombre más activo, y se apegó a él, de modo que teniendo que hacer entre los dos un mismo trabajo, en realidad éste lo hiciera, porque tan lleno de errores estaba el trabajo del que "se tira a muerto".

Y los jefes acabaron por acostumbrarse al hombre que "se tira a muerto". Primero protestaron contra "ese inútil", luego, hartos, le dejaron hacer, y el hombre que "se tira a muerto" florece en todas las oficinas, en todas nuestras reparticiones nacionales, aun en las empresas donde es sagrada ley chuparle la sangre al que aún la tiene.

La naturaleza con su sabia previsión de los acontecimientos sociales y naturales, y para que jamás le faltara tema a los caballeros que se dedican a hacer notas, ha dispuesto que haya numerosas variedades del ejemplar del hombre que "se tira a muerto".

Así, hay el hombre que no se puede "tirar espontáneamente a muerto". Lo atrae el dolce far niente, pero este placer debe ir acompañado de otro deleite: la simulación de que trabaja.

Le veréis frente a la máquina de escribir, grave el gesto, taciturna la expresión, borrascosa la frente. Parece un genio, el que le mira se dice:

-¡Qué cosas formidables debe pensar ese hombre! ¡Qué trabajo importantísimo debe de estar realizando!

Inclinémonos ante la sabiduría del Todopoderoso. El, que provee de alimentos al microbio y al elefante a un mismo tiempo; él, que lo reparte todo, la lluvia y el sol, ha hecho que por cada diez hombres que "se tiran a muertos", haya veinte que quieran hacer méritos, de modo. Que por sabia y trascendental compensación, si en una oficina hay dos sujetos que todo lo abandonan en manos del destino, en esa misma oficina hay siempre cuatro que trabajan por ocho, de modo que nada se pierde ni nada se gana. Y veinte restantes hacen sebo de modo razonable.

viernes, 26 de junio de 2009

Conversaciones de Ladrones

A veces, cuando estoy aburrido, y me acuerdo de que en un café que conozco se reúnen algunos señores que trabajan de ladrones, me encami­no hacia allí para escuchar historias interesantes.
Porque no hay gente más aficionada a las historias que los ladrones.
¿Este hábito provendrá de la cárcel? Como es
lógico, yo nunca he pedido determinadas informaciones a esta gente que sabe que escribo, y que no tengo nada que ver con la policía. Además que el ladrón no gusta de ser preguntado. En cuanto se le pregunta algo, tuerce el gesto como si se encontrara frente a un auxiliar y en el despacho de una comisaría. Yo no sé si muchos de ustedes han leído Cuentos de un soñador, de Lord Dunsany. Lord Dunsany tiene, entre sus relatos maravillosos, uno que me parece viene a cuento. Es la historia de un grupo de vagabundos. Cada uno de ellos cuenta una aventura. Todos lloran menos el narrador. Terminado el relato, el narrador se incorpora al círculo de oyentes; otro, a su vez, reanuda una nueva novela que hace llorar también al reciente narrador.
Bueno; el caso es que entre los ladrones ocurre lo mismo. Siempre es a la una o a las dos de la madrugada. Cuando, por A o por B, no tie­nen que trabajar, es casi siempre en un período de vida en que anuncian un formal propósito de vivir decentemente. Aquí ocurre algo extraño. Cuando un ladrón anuncia su propósito de vivir decentemente, lo prime­ro que hace es solicitar que le "levanten la vigilancia". En este intervalo de vacaciones prepara el plan de un "golpe" sorprendente. La policía lo sabe; pero la policía necesita de la existencia del ladrón; necesita que ca­da año se arroje una nueva hornada de ladrones sobre la ciudad, porque si no su existencia no se justificaría.
En dicho intervalo, el ladrón frecuenta el café. Se reúne con otros amigos.
Es después de cenar. Juega a los
naipes, a los dados o al dominó. Algunos también juegan al ajedrez.
El comisario Romayo, me enseñó una vez el cuaderno de un ladrón, en cuya casa acababa de hacer un
allanamiento. Este ladrón, que trabajaba de carrero, era un ajedrecista excelente. Tenía anotados nombres de maestros y soluciones de problemas ajedrecísticos resueltos por él. Este asaltante hablaba de Bogoljuboff y Alekhine con la misma familiaridad con que un "burrero" habla de pedigrees, aprontes y performances.
A la una o las dos de la madrugada, cuando se han aburrido de ju­gar, cuando algunos se han ido y otros acaban de llegar, se hace en torno de cualquier mesa un círculo
adusto, aburrido, canalla. Círculo silencio­so, del cual, de pronto, se escapan estas palabras:
-¿Saben? En
Olavarría lo trincaron al Japonés.
Todos los malandras levantan la cabeza. Uno dice:
-¡El Japonés! ¿Te acordás cuando yo anduve por
Bahía Blanca? Las corrimos juntos con el Japonés.
Ahora el aburrimiento se ha disuelto en los ojos, y los
cogotes se atie­san en la espera de una historia. Podría decirse que el que habló estaba esperando que cualquier frase dicha por otro le sirviera de trampolín, pa­ra lanzar las historias que envasa.
-El Japonés. ¿No era el que estuvo en...? Dicen que estuvo en el asalto con la Vieja...
Uno me mira a mí.
-Son "mulas de investigaciones". ¡Qué va estar en el asalto!
-Cierto es que si usted de noche se lo encuentra al Japonés...
-Mira che. El Japonés es como una niña, de educado.

Estalla una carcajada, y otro:
-Será como una niña, pero te lo regalo. ¿De dónde sacas que es co­mo una niña?
-Cuando yo tenía dieciséis años estuve detenido con él, en Merce­des... Era como una niña, te digo. Venían las señoras de caridad, nos mi­raban y decían: "¡Pero es posible que esos chicos sean ladrones!". Y me acuerdo que yo contestaba: "No señoritas, es un error de la policía. No­sotros somos de familia muy bien". Y el Japonés decía: "Yo quiero ir con mi mamita"... Si te digo que es como una niña.

Estallan las risas, y un ladrón me toma del brazo y me dice:
-Pero no le crea. Usted ve la
jeta que tengo yo, ¿no? Bueno. Yo soy un angelito al lado del Japonés. Pero mire: lo encuentra al Japonés un "lonyi", y de sólo verlo, raja como si viera la muerte. Y éste dice que era una niña... Yo me acuerdo de una quesería que asaltamos con el Ja­ponés... Nos llevamos como doscientos quesos en un carrito. ¡El laburo para venderlos!.... ¡Y el olor! Si se seguía la pista con solo olernos...
Otro:
-Lo que es ahora el
oficio está arruinado. Se han llenado de moco­sos batidores. Cualquier gil quiere ser ladrón.
Yo miro, reflexiono y digo:
-Efectivamente, ustedes tienen razón; ladrón no puede ser cualquiera...

-¡Pero claro! Es lo que digo yo ... Si yo me quisiera meter a escribir sus notas, no las podría hacer. ¿No?... Y así es con el "oficio". A ver; dígame, ¿cómo haría usted para robarle ahora al
patrón que está en la caja?... Vea que el cajón está abierto...
-No sé...
-¡Pero amigo! ¡Que no se diga! Vea; se acerca al mostrador y le dice al patrón: "Alcánceme esa botella de
vermouth". El patrón ladea el cuerpo para ese lado del estante. En cuanto el hombre está por retirar la botella, usted le dice: "No, esa no: la de más arriba". Como el trompa está de espalda, usted puede limpiarle la caja... ¿Se da cuenta?... -Yo me admiro convencionalmente, y el otro continúa-: ¡Oh! Eso no es na­da. Hay "trabajos" lindos... limpios... Ese del robo de la agencia Nas­si... Esa es muchachada que promete...
-¿Y el Japonés? Me acuerdo: veníamos una vez en el tren... íbamos para Santa Rosa...
Son las tres de la madrugada. Son las cuatro. Un círculo de cabe­zas... un narrador. Digase lo que se quiera, las historias de ladrones son magníficas; las historias de la cárcel... Cinco de la madrugada. Todos mi­ran sobresaltados el reloj. El mozo se acerca
somnoliento y, de pronto, en diversas direcciones, pegados casi a las paredes, elásticos como pante­ras y rápidos en la desaparición, se escurren los malandrines. Y de cinco de ellos, cuatro tienen pedido levantamiento de vigilancia. ¡Para mejor robar!...

jueves, 25 de junio de 2009

Padres Negreros


He sido testigo de una escena que me parece digna de relatarse.
Un amigo y yo solemos concurrir a un café que atiende el propietario del mismo, su mujer y dos hijos. De los hijos, el mayor tendrá nueve años, el menor, siete. Mas los mocosos se desempeñan como mozos auténticos, y no hay nada que decir del servicio, como no ser que en los intervalos las criaturas aprovechan para hacer pavadas, que, gracias al diablo, al padre y a la madre, ni tiempo de hacer macanas dignas de su edad tienen.
¿Qué macanas? Trabajar. Hay que ver al padre. Tiene cara meliflua y es de esos hombres que castigan a los hijos con una correa, mientras les dicen despacito al oído: "Cuidado con gritar, ¿eh?, que si no te mato". Y lo más grave es que no los matan, sino que los dejan moribundos a lonjazos.
La madre es una mujer gorda, ceño acentuado, bigotes, brazos de jamón y ojos que vigilan el centavo con más prolijidad que si el centavo fuera un millón. Hombre y mujer se llevan admirablemente. Os recuerdan el matrimonio Thenardier, el posadero que decía: "Al viajero hay que cobrarle hasta las moscas que su perro se come". No piensan nada más que en el maldito dinero. Habría que encerrarlos en una pieza llena de discos de oro y dejarlos morir de hambre allí dentro.
Mi amigo suele dejar varias monedas de propina. No es pobre. Bueno: yo creo que el chico que nos servía cometió la imprudencia de decirle al padre eso, porque ayer, cuando nos sentamos, nos sirvió el mocoso, pero en el momento de levantarnos y dejar paga la consumición, preciso instante en que el chico venía para recoger las monedas, el padre, que vigilaba un gato o una paloma distraída, el padre se precipitó, le dio una orden al chico, y, ¡fíjese bien!, sin contar el dinero, para ver si estaba o no justo el pago de la consumición, se lo echó al bolsillo. El chico miró lastimeramente en nuestra dirección.
Mi amigo vaciló. Quería dejar una propina para el mocito; y entonces yo le dije:
–No. No hay que hacer eso. Dejá que el chico juzgue al padre. Si vos le dejás propina, la impresión penosa que tuvo se borra inmediatamente. En cambio, si no le dejás propina, no se olvidará nunca de que el padre le "robó" por prepotencia dos moneditas que él sabe perfectamente estaban allí para él. Es necesario que los hijos juzguen a sus padres. ¿Pensás que las injusticias se olvidan? Algún día, ese chico que no ha tenido infancia, que no ha tenido juegos apropiados a su edad, que fue puesto a trabajar en cuanto pudo servir al prójimo, algún día el chico ese odiará al padre por toda la explotación inicua de que lo hizo víctima.
Luego nos separamos; pero me quedé pensando en el asunto.
Recuerdo que otra mañana encontré en una calle de Palermo a un carnicero gigantesco que entregaba una canasta bastante cargada de carne a un chico hijo suyo, que no tendría más de siete años de edad. El chico caminaba completamente torcido, y la gente (¡es tan estúpida!) sonreía; y el padre también. En fin, el hombre estaba orgulloso de tener en su familia, tan temprano, un burro de carga, y sus prójimos, tan bestias como él, sonreían, como diciendo:
–¡Vean, tan criatura y ya se gana el pan que come!
Pensé hacer una nota con el asunto; luego otros temas me hicieron olvidarlo, hasta que el otro acto me lo recordó.
Cabe preguntarse ahora, si estos son padres e hijos, o qué es lo que son. Yo he observado que en este país, y sobre todo entre las familias extranjeras, el hijo es considerado como un animal de carga. En cuanto tiene uso de razón o fuerzas "lo colocan". El chico trabaja y los padres cobran. Si se les dice algo al respecto, la única disculpa que tienen estos canallas es:
–Y... ¡hay que aprovechar mientras que son chicos! Porque cuando son grandes se casan y ya no se acuerdan más del padre que les dio la vida (Como si ellos hubieran pedido antes de ser que les dieran la vida).
Y cuando son chicos se les hace trabajar porque alguna vez serán grandes; y cuando son grandes, tienen que trabajar, porque si no ¡se mueren de hambre!...
Por lo general, el chico trabaja. Se acostumbra a agachar el lomo. Entrega la quincena íntegra, con rabia, con odio. En cuanto hace el servicio militar, se casa y no quiere saber nada con "los viejos". Los detesta. Ellos le agriaron la infancia. El no lo sabe, pero los detesta, inconscientemente.
Vaya usted y converse con esos centenares de muchachos trabajadores. Todos le dirán lo mismo: "Desde que yo era un purrete, me metieron al yugo". Hay padres que han explotado bárbaramente a los hijos. Y los que hicieron una fortuna no les importa un ardite el odio de los hijos. Dicen: "Tenemos plata y nos respetarán".
Hay casos curiosos. Conozco el de un colchonero que posee diez o quince casas. Es rico hasta decir basta. El hijo se desgarró. Ahora es un borrachín. A veces, cuando está en curda, asoma la cabeza entre los colchones y le grita al padre, que está cardando lana:
–¡Cuando revientes, con tu plata los voy a vestir de colorado a todos los borrachos de Flores! Y las casitas, ¡las vamos a convertir en vino!
Se explican estas monstruosidades. ¡Claro! La relación entre estos padres e hijos ha sido mucho más agria que entre un patrón exigente y un operario necesitado. Y estos hijos están deseando que "reviente" el padre para malgastar en un año de haraganería la fortuna que él acumuló en cincuenta de trabajo odioso, implacable, tacaño.

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