La Tragedia de un Hombre Honrado.
Comentario.
Arce Juan Cruz.
Yo opino que este hombre al que lo llama "honrado" es muy avaro y no ama tanto a su mujer como piensa art, porque si fuese así dejaría esos 2 pesos con 75 centavos de lado y sacaría a su mujer de la vista de todos los hombres que asisten al café.
Roberto Art habrá creado esta aguafuerte concurriendo a un bar, y observando lo que ocurría en este lugar. Mirando como el el dueño de este lugar estaba en un dilema: "El dinero o el amor".
Blog de la materia "Educación para una Cultura Multimedial" del Colegio Nuestra Señora de Los Milagros, de Capitán Bermúdez, Santa Fe, Argentina. En construcción.
lunes, 6 de julio de 2009
LA TRAGEDIA DE UN HOMBRE HONRADO
Todos los días asisto a la tragedia de un hombre honrado. Este hombre honrado tiene
un café que bien puede estar evaluado en treinta mil pesos o algo más. Bueno: este hombre
honrado tiene una esposa honrada.
A esta esp
osa honrada la ha colocado a cuidar la victrola. Dicho procedimiento le
ahorra los ochenta pesos mensuales que tendría que pagarle a una victrolista. Mediante este
sistema, mi hombre honrado economiza, al fin del año, la respetable suma de novecientos
sesenta pesos sin contar los intereses capitalizados. Al cabo de diez años tendrá ahorrados...
Pero mi hombre honrado es celoso. ¡Vaya si he comprendido que es celoso!
Levantando la guardia tras la caja, vigila, no sólo la consumición que hacen sus parroquianos, sino también las miradas de éstos para su mujer. Y sufre. Sufre honradamente. A veces se pone pálido, a veces le fulguran los ojos. ¿Por qué? Porque alguno se embota más de lo
debido con las regordetas pantorrillas de su cónyuge. En estas circunstancias, el hombre
honrado mira para arriba, para cerciorarse si su mujer corresponde a las inflamadas ojeadas
del cliente, o si se entretiene en leer una revista. Sufre. Yo veo que sufre, que sufre
honradamente; que sufre olvidando en ese instante que su mujer le aporta una economía
diaria de dos pesos sesenta y cinco centavos; que su legitima esposa aporta a la caja de ahorros
novecientos sesenta pesos anuales. Sí, sufre. Su honrado corazón de hombre prudente en
lo que atañe al dinero, se conturba y olvida de los intereses cuando algún carnicero, o
cuidador de ómnibus, estudia la anatomía topográfica
de su también honrada cónyuge.
Pero más sufre aún cuando, el que se deleita contemplando los encantos de su esposa, es algún
mozalbete robusto, con bigotitos insolentes y espaldas lo suficientemente poderosas como
para poder soportar cualquier trabajo extraordinario. Entonces mi hombre honrado mira
desesperadamente para arriba. Los celos que los divinos griegos inmortalizaron, le
desencuadernan la economía, le tiran abajo la quietud, le socavan la alegría de ahorrarse dos
pesos sesenta y cinco centavos por día; y desesperado hace rechinar los dientes y mira a su
cliente como si quisiera darle tremendos mordiscones en los riñones.
Yo comprendo, sin haber hablado una sola palabra con este hombre, el problema que
está encarando su alma honrada. Lo comprendo, lo interpreto, lo "manyo". Este hombre se
encuentra ante un dilema hamletiano, ante el problema de la burra Balaam, ante... ¡ante el
horrible problema de ahorrarse ochenta mangos mensuales! Son ochenta pesos. ¿Saben
ustedes los bultos, las canastas, las jornadas de dieciocho horas que éste trabajó para ganar
ochenta pesos mensuales? No; nadie se lo imagina.
De allí que lo comprendo. Al mismo tiempo quiere a su mujer. ¡Cómo no la va a
querer! Pero no puede menos de hacerla trabajar, como el famoso tacaño de Anatole France
no pudo menos de cortarle unas rebarbas a las monedas de oro qué le ofrecía a la Virgen:
seguía fiel a su costumbre.
Y ochenta pesos son ocho billetes de a diez pesos, dieciséis de a cinco y... dieciséis
billetes de a cinco pesos, son plata... son plata...
Y la prueba de que nuestro hombre es honrado, es que sufre en cuanto empiezan a
mirarle a la cónyuge. Sufre visiblemente. ¿Qué hacer? ¿Renunciar a los ochenta pesos, o
resignarse a una posible desilusión conyugal?
Si este hombre no fuera honrado, no le importaría que le cortejaran a su propia
esposa. Más aún, se dedicaría como el célebre señor Bergeret, a soportar estoicamente su
desgracia.
No; mi cafetero no tiene pasta de marido extremadamente complaciente. En él todavía
late el Cid, don Juan, Calderón de la Barca y toda la honra de la raza, mezclada a la
terribilísima avaricia de la gente del terruño.
Son ochenta pesos mensuales. ¡Ochenta! Nadie renuncia a ochenta pesos mensuales
porque sí. El ama a su mujer; pero su amor no es incompatible con los ochenta pesos.
También ama su frente limpia de todo adorno, y también ama su comercio, la
economía bien organizada, la boleta de depósito en el banco, la libreta de cheques. ¡Cómo
ama el dinero este hombre honradísimo, malditamente honrado!
A veces voy a su café y me quedo una hora, dos, tres. El cree que cuando le miro a la
mujer estoy pensando en ella, y está equivocado. En quien pienso es en Lenin... en Stalin... en
Trotzky... Pienso con una alegría profunda y endemoniada en la cara que este hombre pondría
si mañana un régimen revolucionario le dijera:
-Todo su dinero es papel mojado.
Todos los días asisto a la tragedia de un hombre honrado. Este hombre honrado tiene
un café que bien puede estar evaluado en treinta mil pesos o algo más. Bueno: este hombre
honrado tiene una esposa honrada.
A esta esp
osa honrada la ha colocado a cuidar la victrola. Dicho procedimiento leahorra los ochenta pesos mensuales que tendría que pagarle a una victrolista. Mediante este
sistema, mi hombre honrado economiza, al fin del año, la respetable suma de novecientos
sesenta pesos sin contar los intereses capitalizados. Al cabo de diez años tendrá ahorrados...
Pero mi hombre honrado es celoso. ¡Vaya si he comprendido que es celoso!
Levantando la guardia tras la caja, vigila, no sólo la consumición que hacen sus parroquianos, sino también las miradas de éstos para su mujer. Y sufre. Sufre honradamente. A veces se pone pálido, a veces le fulguran los ojos. ¿Por qué? Porque alguno se embota más de lo
debido con las regordetas pantorrillas de su cónyuge. En estas circunstancias, el hombre
honrado mira para arriba, para cerciorarse si su mujer corresponde a las inflamadas ojeadas
del cliente, o si se entretiene en leer una revista. Sufre. Yo veo que sufre, que sufre
honradamente; que sufre olvidando en ese instante que su mujer le aporta una economía
diaria de dos pesos sesenta y cinco centavos; que su legitima esposa aporta a la caja de ahorros
novecientos sesenta pesos anuales. Sí, sufre. Su honrado corazón de hombre prudente en
lo que atañe al dinero, se conturba y olvida de los intereses cuando algún carnicero, o
cuidador de ómnibus, estudia la anatomía topográfica
de su también honrada cónyuge.Pero más sufre aún cuando, el que se deleita contemplando los encantos de su esposa, es algún
mozalbete robusto, con bigotitos insolentes y espaldas lo suficientemente poderosas como
para poder soportar cualquier trabajo extraordinario. Entonces mi hombre honrado mira
desesperadamente para arriba. Los celos que los divinos griegos inmortalizaron, le
desencuadernan la economía, le tiran abajo la quietud, le socavan la alegría de ahorrarse dos
pesos sesenta y cinco centavos por día; y desesperado hace rechinar los dientes y mira a su
cliente como si quisiera darle tremendos mordiscones en los riñones.
Yo comprendo, sin haber hablado una sola palabra con este hombre, el problema que
está encarando su alma honrada. Lo comprendo, lo interpreto, lo "manyo". Este hombre se
encuentra ante un dilema hamletiano, ante el problema de la burra Balaam, ante... ¡ante el
horrible problema de ahorrarse ochenta mangos mensuales! Son ochenta pesos. ¿Saben
ustedes los bultos, las canastas, las jornadas de dieciocho horas que éste trabajó para ganar
ochenta pesos mensuales? No; nadie se lo imagina.
De allí que lo comprendo. Al mismo tiempo quiere a su mujer. ¡Cómo no la va a
querer! Pero no puede menos de hacerla trabajar, como el famoso tacaño de Anatole France
no pudo menos de cortarle unas rebarbas a las monedas de oro qué le ofrecía a la Virgen:
seguía fiel a su costumbre.
Y ochenta pesos son ocho billetes de a diez pesos, dieciséis de a cinco y... dieciséis
billetes de a cinco pesos, son plata... son plata...
Y la prueba de que nuestro hombre es honrado, es que sufre en cuanto empiezan a
mirarle a la cónyuge. Sufre visiblemente. ¿Qué hacer? ¿Renunciar a los ochenta pesos, o
resignarse a una posible desilusión conyugal?
Si este hombre no fuera honrado, no le importaría que le cortejaran a su propia
esposa. Más aún, se dedicaría como el célebre señor Bergeret, a soportar estoicamente su
desgracia.
No; mi cafetero no tiene pasta de marido extremadamente complaciente. En él todavía
late el Cid, don Juan, Calderón de la Barca y toda la honra de la raza, mezclada a la
terribilísima avaricia de la gente del terruño.
Son ochenta pesos mensuales. ¡Ochenta! Nadie renuncia a ochenta pesos mensuales
porque sí. El ama a su mujer; pero su amor no es incompatible con los ochenta pesos.
También ama su frente limpia de todo adorno, y también ama su comercio, la
economía bien organizada, la boleta de depósito en el banco, la libreta de cheques. ¡Cómo
ama el dinero este hombre honradísimo, malditamente honrado!
A veces voy a su café y me quedo una hora, dos, tres. El cree que cuando le miro a la
mujer estoy pensando en ella, y está equivocado. En quien pienso es en Lenin... en Stalin... en
Trotzky... Pienso con una alegría profunda y endemoniada en la cara que este hombre pondría
si mañana un régimen revolucionario le dijera:
-Todo su dinero es papel mojado.
Comentario Sobre: "La Terrible Sinceridad"

A pesar de lo mucho que nos esmeramos nadie es 100% sincero, porque la verdad duele, engaña, satisface, etc.
La pregunta que hace Arlt es algo que creo que deberíamos preguntarnos todos: "¿Soy sincero conmigo mismo?" Cuando uno llega a hacerce esta pregunta, y puede contestarla, sea cual sea esa respuesta, creanme que esa persona esta siendo sincera.
Cuando Arlt habla hacerca del la fuerza de la sinceridad, no esta equivocado. La sinceridad tiene una fuerza propia, que hace que el que la domine pueda resolver cualquier tipo de problemas.
¿Quien alguna ves no lo penso 2 o más veces antes de decirle a sus padres una mentira y evitar un regaño, en ves de decir la verdad y no perjudicar a nadie?
La mentira te calcome por dentro y se nota por fuera, en cambio la sinceridad te libera por dentro y se nota por fuera.
Es sabido que la sinceridad no es el camino mas facil, pero si el alma esta tranquila, la mente funciona mejor. A pesar de todos los obstaculos de la vida la sinceridad esel camino mas conveniente a la felicidad.
Lamentablemente hoy en día, la sinceridad es uno de los valores que la sociedad todiavía no a adoptado. Se a puesto un modelo, el modelo del camino facil.
Tal ves sea este, una de las razones por la cual la pótica, los gobernates, etc. son tan mal vistos. Pero ellos no inventaron nada, ellos son solo una parte de la gran mentira que rodea al mundo.
Por suerte este valor no esta extinto. Creo, y estoy seguro de que puede ser más que un sueño, un anelo. Depende de una sola y exclisiba persona lograr que la sinceridad se extienda desde los ricones más inospitos hasta c/u de los seres humanos, esta persona no esta tan lejos, solo hay que saber mirar con ojos siceros, los ojos de a verdad, con los ojos de la justicia. Esa persona no es tan diferente a vos, si miras bien en el espejo lo encontrarás.
Esto no es muy dificil, pero tampoco facil, pero estoy seguro que entre todos lo lograremos.
Espero que no los haya aburrido, un saludo grande!
La cancion que les dejo a continuación no es muy linda, pero piensen mejor en la letra:
Esta es una refleccion muy linda que enontré:
Rivero Franco
¡ATENTI, NENA, QUE EL TIEMPO PASA!
Mi comentario:
Lo que observo el autor, para crea esta Aguafuerte, es mirar a la pareja cmo actua, (no tanto a la pareja. si no la actitudes de la chica) y da ahi en mas pensaba sobre la situacion, la analizaba, tambien pensabalo que podia pasarle. Esto lo podemos relacionar con la actualidad ya que hoy en dia no hay parejas que duren mucho, o no la valoran mucho.
Tambien habla de que hay que aprovechar el tiempo ya que el tiempo no vuelve, y para mi eso es tan cierto. Ya que uno avaces no sabe lo que tiene y no lo disfruta, y todo eso que tiene, de un dia para el otro desaparece!
Mi comentario:
Lo que observo el autor, para crea esta Aguafuerte, es mirar a la pareja cmo actua, (no tanto a la pareja. si no la actitudes de la chica) y da ahi en mas pensaba sobre la situacion, la analizaba, tambien pensabalo que podia pasarle. Esto lo podemos relacionar con la actualidad ya que hoy en dia no hay parejas que duren mucho, o no la valoran mucho.
Tambien habla de que hay que aprovechar el tiempo ya que el tiempo no vuelve, y para mi eso es tan cierto. Ya que uno avaces no sabe lo que tiene y no lo disfruta, y todo eso que tiene, de un dia para el otro desaparece!
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Roberto Arlt.,
Sofia Garcia,
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¡ATENTI, NENA, QUE EL TIEMPO PASA!
¡ATENTI, NENA, QUE EL TIEMPO PASA!
Hoy, mientras venía en el tranvía, carpeteaba a una jovenzuela que, acompañada por el novio, ponía cara de hacerle un favor a éste permitiéndole que estuviera al lado. En todo el viaje no dijo otra palabra que no fuera sí o no. Y para ahorrarse saliva movía la "zabeca" como mula noriega. El gil que la acompañaba ensayaba todo el arte de conversación, pero al ñudo; porque la nena se hacía la interesante y miraba al espacio como si buscara algo que fuera menos zanahoria que el acompañante. Yo meditaba broncas filosóficas al tiempo que pensaba. En tanto las cuadras pasaban y el Romeo de marras venía dale que dale, conversando con la nena que me ponía nervioso de verla tan consentida. Y sobrándola, yo le decía "in mente": -Nena, no te hablaré del tiempo, del concepto matemático del rantifuso tiempo que tenían Spencer, Poincaré, Einstein y Proust. No te hablaré, del tiempo espacio, porque sos muy burra para entenderme; pero atendé estas razones que son de hombre que ha vivido y que preferiría vender verdura a escribir: "No lo desprecies al tipo que llevás al lado. No, nena; no lo desprecies. "El tiempo, esa abstracción matemática que revuelve la sesera a todos los otarios con patentes de sabios, existe, nena. Existe para escarnio de tu trompita que dentro de algunos años tendrá más arrugas que guante de vieja o traje de cesante. "¡Atenti, piba, que los siglos corren! "Cierto es que tu novio tiene cara de zanahoria, con esa nariz fuera de ordenanza y los "tegobitos" como los de una foca. Cierto que en cada fosa nasal puede llevar contrabando, y que tiene la mirada pitañosa como sirviente sin sueldo o babión sin destino, cierto que hay muchachos más lindos, más simpáticos, más ranas, más prácticos para pulsar la vihuela de tu corazón y cualquier cosa que se le ocurra al que me lee. Cierto es. Pero el tiempo pasa, a pesar de que Spencer decía que no existía y Einstein afirme que es una realidad de la geometría euclidiana que no tiene minga que ver con las otras geometrías... ¡Atenti, nena, que el tiempo pasa! Pasa. Y cada día merma el stock de giles. Cada día desaparece un zonzo de la circulación. Parece mentira, pero así no más es. "Te adivino el pensamiento, percalera. Es éste: “Puede venir otro mejor”... "Cierto... Pero pensá que todos quieren tomarle tacto a la mercadería, pulsar la estofa, saber lo que compran para batir después que no les gusta, y ¡qué diablo! Recordate que ni en las ferias se permite tocar la manteca, que la ordenanza municipal en los puestos de los turcos bien claro lo dice: “Se prohibe tocar la carne”, pero que esas ordenanzas en la caza del novio, en el clásico del civil, no rezan, y que muchas veces hay que infringir el digesto municipal para llegar al registro nacional. "¿Que el hombre es feo como un gorila? Cierto es; pero si te acostumbrás a mirarlo te va a parecer más lindo que Valentino. Después que un novio no vale por la cara, sino por otras cosas. Por el sueldo, por lo empacador de vento que sea, por lo cuidadoso del laburo... por los ascensos que puede tener... en fin... por muchas cosas. Y el tiempo pasa, nena. Pasa al galope; pasa con bronca. Y cada día merma el stock de los zanahorias; cada día desaparece de la circulación un zonzo. Algunos que se mueren, otros que se avivan..." Así iba yo pensando en el bondi donde la moza las iba de interesante por el señor que la acompañaba. Juro que la autoengrupida no pronunció media docena de palabras durante todo el viaje, y no era yo sólo el que la venía carpeteando, sino que también otros pasajeros se fijaron en el silencio de la fulana, y hasta sentíamos bronca y vergüenza, porque el mal trago lo pasaba un hombre, y ¡qué diablos! al fin y al cabo, entre los leones hay alguna solidaridad, aunque sea involuntaria. En Caballito, la niña subió a una combinación, mientras que el gil se quedó en la acera esperando que el bondi rajara. Y ella desde arriba y él desde la rúa, se miraban con comedia de despedida sin consuelo. Y cuando el gaita mótorman arrancó, él, como quien saluda a una princesa, se quitó el capelo mientras que ella digitaleaba en el espacio como si se alejara en un "píccolo navío". Y fijándome en la pinta déla dama, nuevamente reflexioné: -¡Atenti, nena, que el tiempo raja! Todavía estás a tiempo de atrapar al zonzo que tratás con prepotencia, pero no te ilusiones. "Vienen años de miseria, de bronca, de revolución, de dictadura, de quiebras y de concordatos. Vienen tiempos de encarecimientos. El que más, el que menos, galgueará en la rúa en busca del sustento cotidiano. No seas, entonces, baguala con el hombre, y atendelo como es debido. Meditá. Hoy, todavía, lo tenés al lado; mañana podés no tenerlo. Conversalo, que es lo que menos cuesta. Pensá que a los hombres no les gustan las novias silenciosas, porque barruntan que bajo el silencio se esconde una mala pécora y una tía atimada, zorrina y broncosa. ¡Atenti, nena; que el tiempo no vuelve!..."
Hoy, mientras venía en el tranvía, carpeteaba a una jovenzuela que, acompañada por el novio, ponía cara de hacerle un favor a éste permitiéndole que estuviera al lado. En todo el viaje no dijo otra palabra que no fuera sí o no. Y para ahorrarse saliva movía la "zabeca" como mula noriega. El gil que la acompañaba ensayaba todo el arte de conversación, pero al ñudo; porque la nena se hacía la interesante y miraba al espacio como si buscara algo que fuera menos zanahoria que el acompañante. Yo meditaba broncas filosóficas al tiempo que pensaba. En tanto las cuadras pasaban y el Romeo de marras venía dale que dale, conversando con la nena que me ponía nervioso de verla tan consentida. Y sobrándola, yo le decía "in mente": -Nena, no te hablaré del tiempo, del concepto matemático del rantifuso tiempo que tenían Spencer, Poincaré, Einstein y Proust. No te hablaré, del tiempo espacio, porque sos muy burra para entenderme; pero atendé estas razones que son de hombre que ha vivido y que preferiría vender verdura a escribir: "No lo desprecies al tipo que llevás al lado. No, nena; no lo desprecies. "El tiempo, esa abstracción matemática que revuelve la sesera a todos los otarios con patentes de sabios, existe, nena. Existe para escarnio de tu trompita que dentro de algunos años tendrá más arrugas que guante de vieja o traje de cesante. "¡Atenti, piba, que los siglos corren! "Cierto es que tu novio tiene cara de zanahoria, con esa nariz fuera de ordenanza y los "tegobitos" como los de una foca. Cierto que en cada fosa nasal puede llevar contrabando, y que tiene la mirada pitañosa como sirviente sin sueldo o babión sin destino, cierto que hay muchachos más lindos, más simpáticos, más ranas, más prácticos para pulsar la vihuela de tu corazón y cualquier cosa que se le ocurra al que me lee. Cierto es. Pero el tiempo pasa, a pesar de que Spencer decía que no existía y Einstein afirme que es una realidad de la geometría euclidiana que no tiene minga que ver con las otras geometrías... ¡Atenti, nena, que el tiempo pasa! Pasa. Y cada día merma el stock de giles. Cada día desaparece un zonzo de la circulación. Parece mentira, pero así no más es. "Te adivino el pensamiento, percalera. Es éste: “Puede venir otro mejor”... "Cierto... Pero pensá que todos quieren tomarle tacto a la mercadería, pulsar la estofa, saber lo que compran para batir después que no les gusta, y ¡qué diablo! Recordate que ni en las ferias se permite tocar la manteca, que la ordenanza municipal en los puestos de los turcos bien claro lo dice: “Se prohibe tocar la carne”, pero que esas ordenanzas en la caza del novio, en el clásico del civil, no rezan, y que muchas veces hay que infringir el digesto municipal para llegar al registro nacional. "¿Que el hombre es feo como un gorila? Cierto es; pero si te acostumbrás a mirarlo te va a parecer más lindo que Valentino. Después que un novio no vale por la cara, sino por otras cosas. Por el sueldo, por lo empacador de vento que sea, por lo cuidadoso del laburo... por los ascensos que puede tener... en fin... por muchas cosas. Y el tiempo pasa, nena. Pasa al galope; pasa con bronca. Y cada día merma el stock de los zanahorias; cada día desaparece de la circulación un zonzo. Algunos que se mueren, otros que se avivan..." Así iba yo pensando en el bondi donde la moza las iba de interesante por el señor que la acompañaba. Juro que la autoengrupida no pronunció media docena de palabras durante todo el viaje, y no era yo sólo el que la venía carpeteando, sino que también otros pasajeros se fijaron en el silencio de la fulana, y hasta sentíamos bronca y vergüenza, porque el mal trago lo pasaba un hombre, y ¡qué diablos! al fin y al cabo, entre los leones hay alguna solidaridad, aunque sea involuntaria. En Caballito, la niña subió a una combinación, mientras que el gil se quedó en la acera esperando que el bondi rajara. Y ella desde arriba y él desde la rúa, se miraban con comedia de despedida sin consuelo. Y cuando el gaita mótorman arrancó, él, como quien saluda a una princesa, se quitó el capelo mientras que ella digitaleaba en el espacio como si se alejara en un "píccolo navío". Y fijándome en la pinta déla dama, nuevamente reflexioné: -¡Atenti, nena, que el tiempo raja! Todavía estás a tiempo de atrapar al zonzo que tratás con prepotencia, pero no te ilusiones. "Vienen años de miseria, de bronca, de revolución, de dictadura, de quiebras y de concordatos. Vienen tiempos de encarecimientos. El que más, el que menos, galgueará en la rúa en busca del sustento cotidiano. No seas, entonces, baguala con el hombre, y atendelo como es debido. Meditá. Hoy, todavía, lo tenés al lado; mañana podés no tenerlo. Conversalo, que es lo que menos cuesta. Pensá que a los hombres no les gustan las novias silenciosas, porque barruntan que bajo el silencio se esconde una mala pécora y una tía atimada, zorrina y broncosa. ¡Atenti, nena; que el tiempo no vuelve!..."
Hoy, mientras venía en el tranvía, carpeteaba a una jovenzuela que, acompañada por el novio, ponía cara de hacerle un favor a éste permitiéndole que estuviera al lado. En todo el viaje no dijo otra palabra que no fuera sí o no. Y para ahorrarse saliva movía la "zabeca" como mula noriega. El gil que la acompañaba ensayaba todo el arte de conversación, pero al ñudo; porque la nena se hacía la interesante y miraba al espacio como si buscara algo que fuera menos zanahoria que el acompañante. Yo meditaba broncas filosóficas al tiempo que pensaba. En tanto las cuadras pasaban y el Romeo de marras venía dale que dale, conversando con la nena que me ponía nervioso de verla tan consentida. Y sobrándola, yo le decía "in mente": -Nena, no te hablaré del tiempo, del concepto matemático del rantifuso tiempo que tenían Spencer, Poincaré, Einstein y Proust. No te hablaré, del tiempo espacio, porque sos muy burra para entenderme; pero atendé estas razones que son de hombre que ha vivido y que preferiría vender verdura a escribir: "No lo desprecies al tipo que llevás al lado. No, nena; no lo desprecies. "El tiempo, esa abstracción matemática que revuelve la sesera a todos los otarios con patentes de sabios, existe, nena. Existe para escarnio de tu trompita que dentro de algunos años tendrá más arrugas que guante de vieja o traje de cesante. "¡Atenti, piba, que los siglos corren! "Cierto es que tu novio tiene cara de zanahoria, con esa nariz fuera de ordenanza y los "tegobitos" como los de una foca. Cierto que en cada fosa nasal puede llevar contrabando, y que tiene la mirada pitañosa como sirviente sin sueldo o babión sin destino, cierto que hay muchachos más lindos, más simpáticos, más ranas, más prácticos para pulsar la vihuela de tu corazón y cualquier cosa que se le ocurra al que me lee. Cierto es. Pero el tiempo pasa, a pesar de que Spencer decía que no existía y Einstein afirme que es una realidad de la geometría euclidiana que no tiene minga que ver con las otras geometrías... ¡Atenti, nena, que el tiempo pasa! Pasa. Y cada día merma el stock de giles. Cada día desaparece un zonzo de la circulación. Parece mentira, pero así no más es. "Te adivino el pensamiento, percalera. Es éste: “Puede venir otro mejor”... "Cierto... Pero pensá que todos quieren tomarle tacto a la mercadería, pulsar la estofa, saber lo que compran para batir después que no les gusta, y ¡qué diablo! Recordate que ni en las ferias se permite tocar la manteca, que la ordenanza municipal en los puestos de los turcos bien claro lo dice: “Se prohibe tocar la carne”, pero que esas ordenanzas en la caza del novio, en el clásico del civil, no rezan, y que muchas veces hay que infringir el digesto municipal para llegar al registro nacional. "¿Que el hombre es feo como un gorila? Cierto es; pero si te acostumbrás a mirarlo te va a parecer más lindo que Valentino. Después que un novio no vale por la cara, sino por otras cosas. Por el sueldo, por lo empacador de vento que sea, por lo cuidadoso del laburo... por los ascensos que puede tener... en fin... por muchas cosas. Y el tiempo pasa, nena. Pasa al galope; pasa con bronca. Y cada día merma el stock de los zanahorias; cada día desaparece de la circulación un zonzo. Algunos que se mueren, otros que se avivan..." Así iba yo pensando en el bondi donde la moza las iba de interesante por el señor que la acompañaba. Juro que la autoengrupida no pronunció media docena de palabras durante todo el viaje, y no era yo sólo el que la venía carpeteando, sino que también otros pasajeros se fijaron en el silencio de la fulana, y hasta sentíamos bronca y vergüenza, porque el mal trago lo pasaba un hombre, y ¡qué diablos! al fin y al cabo, entre los leones hay alguna solidaridad, aunque sea involuntaria. En Caballito, la niña subió a una combinación, mientras que el gil se quedó en la acera esperando que el bondi rajara. Y ella desde arriba y él desde la rúa, se miraban con comedia de despedida sin consuelo. Y cuando el gaita mótorman arrancó, él, como quien saluda a una princesa, se quitó el capelo mientras que ella digitaleaba en el espacio como si se alejara en un "píccolo navío". Y fijándome en la pinta déla dama, nuevamente reflexioné: -¡Atenti, nena, que el tiempo raja! Todavía estás a tiempo de atrapar al zonzo que tratás con prepotencia, pero no te ilusiones. "Vienen años de miseria, de bronca, de revolución, de dictadura, de quiebras y de concordatos. Vienen tiempos de encarecimientos. El que más, el que menos, galgueará en la rúa en busca del sustento cotidiano. No seas, entonces, baguala con el hombre, y atendelo como es debido. Meditá. Hoy, todavía, lo tenés al lado; mañana podés no tenerlo. Conversalo, que es lo que menos cuesta. Pensá que a los hombres no les gustan las novias silenciosas, porque barruntan que bajo el silencio se esconde una mala pécora y una tía atimada, zorrina y broncosa. ¡Atenti, nena; que el tiempo no vuelve!..."
Hoy, mientras venía en el tranvía, carpeteaba a una jovenzuela que, acompañada por el novio, ponía cara de hacerle un favor a éste permitiéndole que estuviera al lado. En todo el viaje no dijo otra palabra que no fuera sí o no. Y para ahorrarse saliva movía la "zabeca" como mula noriega. El gil que la acompañaba ensayaba todo el arte de conversación, pero al ñudo; porque la nena se hacía la interesante y miraba al espacio como si buscara algo que fuera menos zanahoria que el acompañante. Yo meditaba broncas filosóficas al tiempo que pensaba. En tanto las cuadras pasaban y el Romeo de marras venía dale que dale, conversando con la nena que me ponía nervioso de verla tan consentida. Y sobrándola, yo le decía "in mente": -Nena, no te hablaré del tiempo, del concepto matemático del rantifuso tiempo que tenían Spencer, Poincaré, Einstein y Proust. No te hablaré, del tiempo espacio, porque sos muy burra para entenderme; pero atendé estas razones que son de hombre que ha vivido y que preferiría vender verdura a escribir: "No lo desprecies al tipo que llevás al lado. No, nena; no lo desprecies. "El tiempo, esa abstracción matemática que revuelve la sesera a todos los otarios con patentes de sabios, existe, nena. Existe para escarnio de tu trompita que dentro de algunos años tendrá más arrugas que guante de vieja o traje de cesante. "¡Atenti, piba, que los siglos corren! "Cierto es que tu novio tiene cara de zanahoria, con esa nariz fuera de ordenanza y los "tegobitos" como los de una foca. Cierto que en cada fosa nasal puede llevar contrabando, y que tiene la mirada pitañosa como sirviente sin sueldo o babión sin destino, cierto que hay muchachos más lindos, más simpáticos, más ranas, más prácticos para pulsar la vihuela de tu corazón y cualquier cosa que se le ocurra al que me lee. Cierto es. Pero el tiempo pasa, a pesar de que Spencer decía que no existía y Einstein afirme que es una realidad de la geometría euclidiana que no tiene minga que ver con las otras geometrías... ¡Atenti, nena, que el tiempo pasa! Pasa. Y cada día merma el stock de giles. Cada día desaparece un zonzo de la circulación. Parece mentira, pero así no más es. "Te adivino el pensamiento, percalera. Es éste: “Puede venir otro mejor”... "Cierto... Pero pensá que todos quieren tomarle tacto a la mercadería, pulsar la estofa, saber lo que compran para batir después que no les gusta, y ¡qué diablo! Recordate que ni en las ferias se permite tocar la manteca, que la ordenanza municipal en los puestos de los turcos bien claro lo dice: “Se prohibe tocar la carne”, pero que esas ordenanzas en la caza del novio, en el clásico del civil, no rezan, y que muchas veces hay que infringir el digesto municipal para llegar al registro nacional. "¿Que el hombre es feo como un gorila? Cierto es; pero si te acostumbrás a mirarlo te va a parecer más lindo que Valentino. Después que un novio no vale por la cara, sino por otras cosas. Por el sueldo, por lo empacador de vento que sea, por lo cuidadoso del laburo... por los ascensos que puede tener... en fin... por muchas cosas. Y el tiempo pasa, nena. Pasa al galope; pasa con bronca. Y cada día merma el stock de los zanahorias; cada día desaparece de la circulación un zonzo. Algunos que se mueren, otros que se avivan..." Así iba yo pensando en el bondi donde la moza las iba de interesante por el señor que la acompañaba. Juro que la autoengrupida no pronunció media docena de palabras durante todo el viaje, y no era yo sólo el que la venía carpeteando, sino que también otros pasajeros se fijaron en el silencio de la fulana, y hasta sentíamos bronca y vergüenza, porque el mal trago lo pasaba un hombre, y ¡qué diablos! al fin y al cabo, entre los leones hay alguna solidaridad, aunque sea involuntaria. En Caballito, la niña subió a una combinación, mientras que el gil se quedó en la acera esperando que el bondi rajara. Y ella desde arriba y él desde la rúa, se miraban con comedia de despedida sin consuelo. Y cuando el gaita mótorman arrancó, él, como quien saluda a una princesa, se quitó el capelo mientras que ella digitaleaba en el espacio como si se alejara en un "píccolo navío". Y fijándome en la pinta déla dama, nuevamente reflexioné: -¡Atenti, nena, que el tiempo raja! Todavía estás a tiempo de atrapar al zonzo que tratás con prepotencia, pero no te ilusiones. "Vienen años de miseria, de bronca, de revolución, de dictadura, de quiebras y de concordatos. Vienen tiempos de encarecimientos. El que más, el que menos, galgueará en la rúa en busca del sustento cotidiano. No seas, entonces, baguala con el hombre, y atendelo como es debido. Meditá. Hoy, todavía, lo tenés al lado; mañana podés no tenerlo. Conversalo, que es lo que menos cuesta. Pensá que a los hombres no les gustan las novias silenciosas, porque barruntan que bajo el silencio se esconde una mala pécora y una tía atimada, zorrina y broncosa. ¡Atenti, nena; que el tiempo no vuelve!..."
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