lunes, 6 de julio de 2009

Del que no se casa




DEL QUE NO SE CASA


Yo me hubiera casado. Antes sí, pero ahora no. ¿Quién es el audaz que se casa con las cosas como están hoy?

Yo hace ocho años que estoy de novio. No me parece mal, porque uno antes de casarse "debe conocerse" o conocer al otro, mejor dicho, que el co­nocerse uno no tiene importancia, y conocer al otro, para embromarlo, sí vale.

Mi suegra, o mi futura suegra, me mira y gruñe cada vez que me ve. Y si yo le sonrío me muestra los dientes como un mastín. Cuando está de buen humor lo que hace es negarme el saludo o hacer que no distingue la mano que le extiendo al saludarla, y eso que para ver lo que no le importa tiene una mirada agudísima.

A los dos años de estar de novio, tanto "ella" como yo nos acordamos que para casarse se necesita empleo, y si no empleo, cuando menos trabajar con capital propio o ajeno.

Empecé a buscar empleo. Puede calcularse un término medio de dos años la busca de empleo. Si tiene suerte, usted se coloca al año y medio, y si anda en la mala, nunca. A todo esto, mi novia y la madre andaban a la gre­ña. Es curioso: una, contra usted, y la otra, a su favor, siempre tiran a lo mis­mo. Mi novia me decía:

-Vos tenés razón, pero ¿cuándo nos casamos, querido?

Mi suegra, en cambio:

-Usted no tiene razón de protestar, de manera que haga el favor de de­cirme cuándo se puede casar.

Yo, miraba. Es extraordinariamente curiosa la mirada del hombre que está entre una furia amable y otra rabiosa. Se me ocurre que Carlitos Cha­plín nació de la conjunción de dos miradas así. El estaría sentado en un ban­quito, la suegra por un lado lo miraba con fobia, por el otro la novia con pa­sión, y nació Charles, el de la dolorosa sonrisa torcida.

Le dije a mi suegra (para mí una futura suegra está en su peor fase du­rante el noviazgo) sonriendo con melancolía y resignación, que cuando con­siguiera empleo me casaba y un buen día consigo un puesto, ¡qué puesto!... ¡ciento cincuenta pesos!

Casarse con ciento cincuenta pesos significa nada menos que ponerse una soga al cuello. Reconocerán ustedes con justísima razón, aplacé el ma­trimonio hasta que me ascendieran. Mi novia movió la cabeza aceptando mis razonamientos (cuando son novias, las mujeres pasan por un fenómeno cu­rioso, aceptan todo los razonamientos; cuando se casan el fenómeno se in­vierte, somos los hombres los que tenemos que aceptar sus razonamientos). Ella aceptó y yo tuve el orgullo de afirmar que mi novia era inteligente.

Me ascendieron a doscientos pesos. Cierto es que doscientos pesos son más que ciento cincuenta, pero el día que me ascendieron descubrí que con un poco de paciencia se podía esperar otro ascenso más, y pasaron dos años. Dos, más dos, más dos, seis años. Mi novia puso cara de "piola", y entonces con gesto dig­no de un héroe hice cuentas. Cuentas claras y más largas que las cuentas grie­gas que, según me han dicho, eran interminables. Le demostré con el lápiz en una mano, el catálogo de los muebles en otra y un presupuesto de Longobardi encima de la mesa, que era imposible todo casorio sin un sueldo mínimo de tres­cientos pesos, cuando menos, doscientos cincuenta. Casándose con doscientos cincuenta había que invitar con masas podridas a los amigos.

Mi futura suegra escupía veneno. Sus ímpetus llevaban un ritmo mental su­mamente curioso, pues oscilaban entre el homicidio compuesto y el asesinato triple. Al mismo tiempo que me sonreía con las mandíbulas, me daba puñala­das con los ojos. Yo la miraba con la tierna mirada de un borracho consuetudi­nario que espera "morir por su ideal". Mi novia, pobrecita, inclinaba la cabe­za meditando en las broncas intestinas, esas verdaderas batallas de conceptos forajidos que se largan cuando el damnificado se encuentra ausente.

Al final se impuso el criterio del aumento. Mi suegra estuvo una semana en que se moría y no se moría; luego resolvió martirizar a sus prójimos durante un tiempo más y no se murió. Al contrario, parecía veinte años más joven que cuando la conociera. Manifestó deseos de hacer un contrato treintenario por la casa que ocupaba, propósito que me espeluznó. Dijo algo entre dientes que me sonó a esto: "Le llevaré flores". Me imagino que su antojo de llevarme flores no llegaría hasta la Chacarita. En fin, a todas luces mi futura suegra reveló la intención de vivir hasta el día que me aumentaran el sueldo a mil pesos.

Llegó el otro aumento. Es decir el aumento de setenta y cinco pesos.

Mi suegra me dijo en un tono que se podía conceptuar de irónico si no fuera agresivo y amenazador:

-Supongo que no tendrá intención de esperar otro aumento. Y cuando le iba a contestar estalló la revolución.

Casarse bajo un régimen revolucionario sería demostrar hasta la eviden­cia que se está loco. O cuando menos que se tienen alteradas las facultades men­tales.

Yo no me caso. Hoy se lo he dicho:

-No, señora, no me caso. Esperemos que el gobierno convoque a elec­ción y a que resuelva si se reforma la Constitución o no. Una vez que el Con­greso esté constituido y que todas las instituciones marchen como deben yo no pondré ningún inconveniente al cumplimiento de mis compromisos. Pe­ro hasta tanto el Gobierno provisional no entregue el poder al Pueblo Sobe­rano, yo tampoco entregaré mi libertad. Además que pueden dejarme cesante.


SOLILOQUIO DEL SOLTERON

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Me miro el dedo gordo del pie, y gozo.

Gozo porque nadie me molesta. Igual que una tortuga, a la mañana, saco la cabeza debajo la caparazón de mis colchas y me digo, sabrosa­mente, moviendo el dedo gordo del pie:

-Nadie me molesta. Vivo solo, tranquilo y gordo como un archi­preste glotón.

Mi camita es honesta, de una plaza y gracias. Podría usarla sin repa­ro ninguno el Papa o el arzobispo.

A las ocho de la mañana entra a mi cuarto la patrona de la pensión, una señora gorda, sosegada y maternal. Me da dos palmaditas en la es­palda y me pone junto al velador la taza de café con leche y pan con man­teca. Mi patrona me respeta y considera. Mi patrona tiene un loro que dice: "¡Ajuá! ¿Te fuiste? Que te vaya bien", y el loro y la patrona me consuelan de que la vida sea ingrata para otros, que tienen mujer y, ade­más de mujer, una caterva de hijos.

Soy dulcemente egoísta y no me parece mal.

Trabajo lo indispensable para vivir, sin tener que gorrear a nadie, y soy pacífico, tímido y solitario. No creo en los hombres, y menos en las mujeres, mas esta convicción no me impide buscar a veces el trato de ellas, porque la experiencia se afina en su roce, y además no hay mujer, por mala que sea, que no nos haga indirectamente algún bien.

Me gustan las muchachitas que se ganan la vida. Son las únicas mu­jeres que provocan en mí un respeto extraordinario, a pesar de que no siempre son un encanto. Pero me gustan porque afirman un sentimiento de independencia, que es el sentido interior que rige mi vida.

Más me gustan todavía las mujeres que no se pintan. Las que se la­van la cara, y con el cabello húmedo, salen a la calle, causando una sen­sación de limpieza interior y exterior que haría que uno, sin escrúpulos de ninguna clase, les besara encantado los pies.

No me gustan los chicos, sino excepcionalmente. En todo chiquillo, casi siempre se descubren fisonómicamente los rastros de las pillerías de los padres, de manera que sólo me agradan a la distancia y cuando pienso artificialmente con el pensamiento de los demás que coinciden en decir: "¡Qué chicos, son un encanto!", aunque es mentira.

Me baño todos los días en invierno y verano. Tener el cuerpo limpio me parece que es el comienzo de la higiene mental.

Creo en el amor cuando estoy triste, cuando estoy contento miro a ciertas mujeres como si fueran mis hermanas, y me agradaría tener el po­der de hacerlas felices, aunque no se me oculta que tal pensamiento es un disparate, pues si es imposible que un hombre haga feliz a una sola mujer, menos todavía a todas.

He tenido varias novias, y en ellas descubrí únicamente el interés de casarse, cierto es que dijeron quererme, pero luego quisieron también a otros, lo cual demuestra que la naturaleza humana es sumamente inesta­ble, aunque sus actos quieran inspirarse en sentimientos eternos. Y por eso no me casé con ninguna.

Personas que me conocen poco dicen que soy un cínico; en verdad, soy un hombre tímido y tranquilo, que en vez de atenerse a las aparien­cias busca la verdad, porque la verdad puede ser la única guía del vivir honrado.

Mucha gente ha tratado de convencerme de que formara un ho­gar; al final descubrí que ellos serían muy felices si pudieran no tener hogar.

Soy servicial en la medida de lo posible y cuando mi egoísmo no se resiente mucho, aunque me he dado cuenta que el alma de los hombres está constituida de tal manera, que más pronto olvidan el bien que se les ha hecho que el mal que no se les causó.

Como todos los seres. humanos he localizado muchas mezquindades en mí y más me agradaría no tener ninguna, mas al final me he convenci­do que un hombre sin defectos sería inaguantable, porque jamás le daría motivo a sus prójimos para hablar mal de él, y lo único que nunca se le perdona a un hombre, es su perfección.

Hay días que me despierto con un sentimiento de dulzura florecien­do en mi corazón. Entonces me hago escrupulosamente el nudo de la cor­bata y salgo a la calle, y miro amorosamente las curvas de las mujeres. Y doy las gracias a Dios por haber fabricado un bicho tan lindo, que con su sola presencia nos enternece los sentidos y nos hace olvidar todo lo que hemos aprendido a costa del dolor.

Si estoy de buen humor, compro un diario y me entero de lo que pasa en el mundo, y siempre me convenzo de que es inútil que pro­grese la ciencia de los hombres si continúan manteniendo duro y agrio su corazón como era el corazón de los seres humanos hace mil años.

Al anochecer vuelvo a mi cuartujo de cenobita, y mientras espero que la sirvienta -una chica muy bruta y muy irritable- ponga la mesa, "sotto voce" canturreo Una furtiva lágrima, o sino Addio del passato o Bei giorni ridenti... Y mi corazón se anega de una paz maravillosa, y no me arrepiento de haber nacido.

No tengo parientes, y como respeto la belleza y detesto la des­composición, me he inscripto en la sociedad de cremaciones para que el día que yo muera el fuego me consuma y quede de mí, como úni­co rastro de mi limpio paso sobre la tierra, unas puras cenizas.



COMENTARIO:


Comentario: "La muchacha del atado"

La muchacha del atado:



Roberto Arlt, ve en esas muchachas, practicamente niñas... Niñas pobres, niñas con carencias niñas que sufren desde el dia que nacen, la desgracia de vivir en la miseria. Son la clase de jovencitas que no disfrutaron de una infancia, que tuvieron que soltar los juguetes antes de tiempo, para hacerse cargo de un hermanito, o de la casa... O tuvieron que salir a trabajar. Todos los días, la misma rutina... Tener que salir a luchar, a " romperse el lomo", para conseguir muy poco, para ayudar a la precaria economía del hogar.

Se las ve cansadas, nerviosas. Son esa clase de personas que sufren desde que nacen. Esas personas que no se detienen a pensar en felicidades, porque deben cargar con demasiadas responsabilidades.

Se pasan toda su vida trabajando para su casa, sus hermanos, su esposo o sus hijos. Pero trabajan en fin.

Hoy en día existen muchas chicas que sufren esta realidad, ya no sea una muchacha de atado, la realidad de tener que hacerse adultas jovenes, de cargar con responsabilidades tempranamente, de perder parte de su vida, de no disfrutar las etapas de ésta, porque deben trabajar, trabajar para un sistema que les retr¡buye muy poco. Su vida no es vida, es trabajo.

LA MUCHACHA DEL ATADO:

LA MUCHACHA DEL ATADO

Todos los días, a las cinco de la tarde, tropiezo con muchachas que vienen de buscar costura.
Flacas, angustiosas, sufridas. El polvo de arroz no alcanza a cubrir las gargantas donde se marcan los tendones; y todas caminan con el cuerpo inclinado a un costado: la costumbre de llevar el atado siempre del brazo opuesto:
Y los bultos son macizos, pesados: dan la sensación de contener plomo: de tal manera tensionan la mano.
No se trata de hacer sentimentalismo barato. No. Pero más de una vez me he quedado pensando en estas vidas, casi absolutamente dedicadas al trabajo. Y si no, veamos.
Cuando estas muchachas cumplieron ocho o nueve años, tuvieron que cargar un hermanito en los brazos. Usted, como yo, debe haber visto en el arrabal estas mocosas que cargan un pebetito en el brazo y que ce pasean por la vereda rabiando contra el mocoso, y vigiladas por la madre que salpicaba agua en la batea.
Así hasta los catorce años. Luego, el trabajo de ir a buscar costuras; las mañanas y las tardes inclinadas sobre la Neumann o la Singer, haciendo pasar todos los días metros y más metros de tela y terminando a las cuatro de la tarde, para cambiarse, ponerse el vestido de percal, preparar el paquete y salir; salir cargadas y volver lo mismo, con otro bulto que hay que "pasarlo a la máquina". La madre siempre lava la ropa; la ropa de los hijos, la ropa del padre. Y ésas son las muchachas que los sábados a la tarde escuchan la voz del hermano, que grita:
-Che, Angelita: apurate a plancharme la camisa, que tengo que salir.
Y Angelita, María o Juana, la tarde del sábado trabajan para los hermanos. Y planchan cantando un tango que aprendieron de memoria en El Alma que Canta; que esto, las novelas por entregas y alguna sección de biógrafo, es la única fiesta de las muchachas de que hablo.
Digo que estas muchachas me dan lástima. Un buen día se ponen de novias, y no por eso dejan de trabajar, sino que el novio (también un muchacho que la yuga todo el día) cae a la noche a la casa a hacerle el amor.
Y como el amor no sirve para pagar la libreta del almacén, trabajan hasta tres días antes de casarse, y el casamiento no es un cambio de vida para la mujer de nuestro ambiente pobre, no; al contrario, es un aumento de trabajo, y a la semana de casados se puede ver a estas mujercitas sobre la máquina. Han vuelto a la costura, y al año hay un pibe en la cuna, y esa muchacha ya está arrugada y escéptica, ahora tiene que trabajar para el hijo, para el marido, para la casa... Cada año un nuevo hijo y siempre más preocupaciones y siempre la misma pobreza; la misma escasez, la misma medida del dinero, el igual problema que existía en la casa de sus padres, se repite en la suya, pero mayor y más arduo.
Y ahora las ve usted a estas mujeres cansadas, flacas, feas, nerviosas, estridentes.
Y todo ello ha sido originado por la miseria, por el trabajo; y de pronto usted asocia los años de vida, hasta la madurez y con asombro, casi mezclado de espanto, se pregunta uno:
-En tantos años de vida, ¿cuántos minutos dé felicidad han tenido estas mujeres?
Y usted, con terror, siente que desde adentro le contesta una voz que estas mujeres no fueron nunca felices. ¡Nunca! Nacieron bajo el signo del trabajo y desde los siete o nueve años hasta el día en que se mueren, no han hecho nada más que producir, producir costura e hijos, eso y lo otro, y nada más.
Cansadas o enfermas, trabajaron siempre. ¿Que el marido estaba sin' trabajo? ¿Que un hijo se enfermó y había que pagar deudas? ¿Que murieron los viejos y hubo que empeñarse para el entierro? Ya ve usted; nada más que un problema: el dinero, la escasez de dinero. Y junto a esto una espalda encorvada, unos ojos que cada vez van siendo menos brillosos, un rostro que año tras año se va arrugando un poquito más, una voz que pierde a medida que pasa el tiempo todas las inflexiones de su primitiva dulzura, una boca que sólo se abre para pronunciar estas palabras:
-Hay que hacer economía. No se puede gastar.
Si uste no ha leído El sueño de Makar, de Vladimiro Korolenko, trate de leerlo.
El asunto es éste. Un campesino que va a ser juzgado por Dios. Pero Dios, que lleva una cuenta de todas las barrabasadas que hacemos nosotros los mortales, le dice al campesino:
-Has sido un pillete. Has mentido. Te has emborrachado. Le has pegado a tu mujer. Le has robado y levantado falso testimonio a tu vecino. -Y la balanza cargada de las culpas de Makar se inclina cada vez más hacia el infierno, y Makar trata de hacerle trampa a Dios pisando el platillo adverso; pero aquél lo descubre, y entonces insiste-: ¿Ves como tengo razón? Eres un tramposo, además. Tratas de engañarme a mí, que soy Dios.
Pero, de pronto, ocurre algo extraño. Makar, el bruto, siente que una indignación se despierta en su pecho, y entonces, olvidándose que está en presencia de Dios, se enoja, y comienza a hablar; cuenta sus sacrificios, sus penas, sus privaciones. Cierto es que le pegaba a su mujer, pero le pegaba porque estaba triste; cierto es que mentía, pero otros que tenían mucho más que él también mentían y robaban. Y Dios se va apiadando de Makar, comprende que Makar ha sido, sobre la tierra, como la organización social lo había moldeado, y súbitamente, las puertas del Paraíso se abren para él, para Makar.
Me acordé del sueño de Makar, pensando que alguien in mente diría que no conocía yo los defectos de la gente que vive siempre en la penuria y en la pena. Ahora sabe usted el porqué de la cita, y lo que quiere decir el "sueño de Makar".

Discurso que tendrí éxito

He aquí el texto del discurso: "Señores":
"Aspiro a ser diputado, porque aspiro a robar en grande y a `acomodarme' mejor."
"Mi finalidad no es salvar al país de la ruina en la que lo han hundido las anteriores
administraciones de compinches sinvergüenzas; no, señores, no es ese mi elemental
propósito, sino que, íntima y ardorosamente, deseo contribuir al trabajo de saqueo con que se
vacían las arcas del Estado, aspiración noble que ustedes tienen que comprender es la más
intensa y efectiva que guarda el corazón de todo hombre que se presenta a candidato a
diputado."
"Robar no es fácil, señores. Para robar se necesitan determinadas condiciones que
creo no tienen mis rivales. Ante todo, se necesita ser un cínico perfecto, y yo lo soy, no lo
duden, señores. En segundo término, se necesita ser un traidor, y yo también lo soy, señores.
Saber venderse oportunamente, no desvergonzadamente, sino "evolutivamente". Me permito
el lujo de inventar el término que será un sustitutivo de traición, sobre todo necesario en estos
tiempos en que vender el país al mejor postor es un trabajo arduo e ímprobo, porque tengo
entendido, caballeros, que nuestra posición, es decir, la posición del país no encuentra postor
ni por un plato de lentejas en el actual momento histórico y trascendental. Y créanme,
señores, yo seré un ladrón, pero antes de vender el país por un plato de lentejas, créanlo...,
prefiero ser honrado. Abarquen la magnitud de mi sacrificio y se darán cuenta de que soy un
perfecto candidato a diputado."
"Cierto es que quiero robar, pero ¿quién no quiere robar? Díganme ustedes quién es el
desfachatado que en estos momentos de confusión no quiere robar. Si ese hombre honrado
existe, yo me dejo crucificar. Mis camaradas también quieren robar, es cierto, pero no saben
robar. Venderán al país por una bicoca, y eso es injusto. Yo venderé a mi patria, pero bien
vendida. Ustedes saben que las arcas del Estado están enjutas, es decir, que no tienen un mal
cobre para satisfacer la deuda externa; pues bien, yo remataré al país en cien mensualidades,
de Ushuaia hasta el Chaco boliviano, y no sólo traficaré el Estado, sino que me acomodaré
con comerciantes, con falsificadores de alimentos, con concesionarios; adquiriré armas
inofensivas para el Estado, lo cual es un medio más eficaz de evitar la guerra que teniendo
armas de ofensiva efectiva, le regatearé el pienso al caballo del comisario y el bodrio al
habitante de la cárcel, y carteles, impuestos a las moscas y a los perros, ladrillos y
adoquines... ¡Lo que no robaré yo, señores! ¿Qué es lo que no robaré?, díganme ustedes. Y si
ustedes son capaces de enumerarme una sola materia en la cual yo no sea capaz de robar,
renuncio "ipso facto" a mi candidatura..."
"Piénsenlo aunque sea un minuto, señores ciudadanos. Piénsenlo. Yo he robado. Soy
un gran ladrón. Y si ustedes no creen en mi palabra, vayan al Departamento de Policía y
consulten mi prontuario. Verán qué performance tengo. He sido detenido en averiguación de
antecedentes como treinta veces; por portación de armas -que no llevaba- otras tantas, luego
me regeneré y desempeñé la tarea de grupí, rematador falluto, corredor, pequero,
extorsionista, encubridor, agente de investigaciones, ayudante de pequero porque me
exoneraron de investigaciones; fui luego agente judicial, presidente de comité parroquial,
convencional, he vendido quinielas, he sido, a veces, padre de pobres y madre de huérfanas,
tuve comercio y quebré, fui acusado de incendio intencional de otro bolichito que tuve...
Señores, si no me creen, vayan al Departamento... verán ustedes que yo soy el único entre
todos esos hipócritas que quieren salvar al país, el absolutamente único que puede rematar la
última pulgada de tierra argentina... Incluso, me propongo vender el Congreso e instalar un
conventillo o casa de departamento en el Palacio de Justicia, porque si yo ando en libertad es
que no hay justicia, señores..."
Con este discurso, la matan o lo eligen presidente de la República.

Comentario:
Esta aguafuerte trata de un discurso dado por una persona que se postula para diputado.
El hecho de hablar con sinceridad, diciendo que va a robar mucho y las revelaciones que hace para afirmar esto, demuestra que es lo que hacen los diputados que son elegidos en la actualidad; aunque ellos lo hacen vendiendo discursos falsos a la población, tratando de así convencerlos. Diciendo que serían capaces de llevar a delante al país
“[…] salvando al país de la ruina en la que lo han hundido las anteriores administraciones de compinches sinvergüenzas […]”
“Con este discurso, la matan o lo eligen presidente de la República.” --> Esto a mi entender, quiere decir, que con este discurso ninguna persona lo elegiría, pero de cierta manera, lo terminamos eligiendo ya que sabemos que cuando dan los discursos estos son falsos y sabemos que van a hacer todo lo contrario que dijeron. Cuando hablo de que hacen todo lo contrario, hablo de las cosas que pretende hacer el candidato de la aguafuerte de Arlt.
Esta es una de las razones en la que el país siempre está en ruinas, porque todo el tiempo están presentes los robos y la mala posición de la que habla el autor. La necesidad de robar del gobierno por adquirir más dinero aprovechándose del país y la necesidad de robar de todos provocada por este aprovechamiento del gobierno.