miércoles, 24 de junio de 2009

Ventanas iluminadas


La otra noche me decía el amigo Feilberg, que es el coleccionista de las historias más raras que conozco:
-¿Usted no se ha fijado en las ventanas iluminadas a las tres de la mañana? Vea, allí tiene argumento para una nota curiosa.
Y de inmediato se internó en los recovecos de una historia que no hubiera despreciado Villiers de L'Isle Adam o Barbey de Aurevilly o el barbudo de Horacio Quiroga. Una historia magnífica relacionada con una ventana iluminada a las tres de la: mañana.
Naturalmente, pensando después en las palabras de este amigo, llegué a la conclusión de que tenía razón, y no me extrañaría que don Ramón Gómez de la Serna hubiera utilizado este argumento para una de sus geniales greguerías.
Ciertamente, no hay nada más llamativo en el cubo negro de la noche que ese rectángulo de luz amarilla, situado en una altura, entre el prodigio de las chimeneas bizcas y las nubes que van pasando por encima de la ciudad, barridas como por un viento de maleficio.
¿Qué es lo que ocurre allí? ¿Cuántos crímenes se hubieran evitado si en ese momento en que la ventana se ilumina, hubiera subido a espiar ; un hombre?
¿Quiénes están allí adentro? ¿Jugadores, ladrones, suicidas, enfermos? ¿Nace o muere alguien en ese lugar?
En el cubo negro de la noche, la ventana iluminada, como un ojo, vigila las azoteas y hace levantar la cabeza de los trasnochadores que de pronto se quedan mirando aquello con una curiosidad más poderosa que el cansancio.
Porque ya es la ventana de una buhardilla, una de esas ventanas de madera deshechas por el sol, ya es una ventana de hierro, cubierta de cortinados, y que entre los visillos y las persianas deja entrever unas rayas de luz. Y luego la sombra, el vigilante Ve se pasea abajo, los hombres que pasan de mal talante pensando en los líos que tendrán que solventar con sus respetables esposas, mientras que la ventana iluminada, falsa como mula bichoca, ofrece un refugio temporal, insinúa un escondite contra el aguacero de estupidez que se descarga sobre la ciudad en los tranvías retardados y crujientes.
Frecuentemente, esas piezas son parte integral de una casa de pensión, y no se reúnen en ellas ni asesinos ni suicidas, sino buenos muchachos que pasan el tiempo conversando mientras se calienta el agua para tomar mate.
Porque es curioso. Todo hombre que ha traspuesto la una de la madrugada, considera la noche tan perdida, que ya es preferible pasarla de pie, conversando con un buen amigo. Es después del café; de las rondas por los cafetines turbios. Y juntos se encaminan para la pieza, donde, fatalmente, el que no la ocupa se recostará sobre la cama del amigo, mientras que el otro, cachazudamente, le prende fuego al calentador para preparar el agua para el mate.
Y mientras que sorben, charlan. Son las charlas interminables de las tres de la madrugada, las charlas de los hombres que, sintiendo cansado el cuerpo, analizan los hechos del día con esa especie de fiebre lúcida y sin temperatura, que en la vigilia deja en las ideas una lucidez de delirio.
Y el silencio que sube desde la calle, hace más lentas, más profundas, más deseadas las palabras.
Esa es la ventana cordial, que desde la calle mira el agente de la esquina, sabiendo que los que la ocupan son dos estudiantes eternos resolviendo un problema de metafísica del amor o recordando en confidencia hechos que no se pueden embuchar toda la noche.
Hay otra ventana que es tan cordial como ésta, y es la ventana del paisaje del bar tirolés.
En todos los bares "imitación Munich" un pintor humorista y genial ha pintado unas escenas de burgos tiroleses o suizos. En todas estas escenas aparecen ciudades con tejados y torres y vigas, con calles torcidas, con faroles cuyos pedestales se retuercen como una culebra, y abrazados a ellos, fantásticos tudescos con medias verdes de turistas y un sombrerito jovial, con la indispensable pluma. Estos borrachos simpáticos, de cuyos bolsillos escapan golletes de botellas, miran con mirada lacrimosa a una señora obesa, apoyada en la ventana, cubierta de un extraordinario camisón, con cofia blanca, y que enarbola un tremendo garrote desde la altura.
La obesa señora de la ventana de las tres de la madrugada, tiene el semblante de un carnicero, mientras que su cónyuge, con las piernas de alambre retorcido en torno del farol, trata de dulcificar a la poco amable "frau".
Pero la "frau" es inexorable como un beduino. Le dará una paliza a su marido.
La ventana triste de las tres de la madrugada, es la ventana del pobre, la ventana de esos conventillos de tres pisos, y que, de pronto, al iluminarse bruscamente, lanza su resplandor en la noche como un quejido de angustia, un llamado de socorro. Sin saber por qué se adivina, tras el súbito encendimiento, a un hombre que salta de la cama despavorido, a una madre que se inclina atormentada de sueño sobre una cuna; se adivina ese inesperado dolor de muelas que ha estallado en medio del sueño y que trastornará a un pobre diablo hasta el amanecer tras de las cortinas raídas de tanto usadas.
Ventana iluminada de las tres de la madrugada. Si se pudiera escribir todo lo que se oculta tras de tus vidrios biselados o rotos, se escribiría el más angustioso poema que conoce la humanidad. Inventores, rateros, poetas, jugadores, moribundos, triunfadores que no pueden dormir de alegría. Cada ventana iluminada en la noche crecida, es una historia que aún no se ha escrito.

Amor en el parque Rivadavia


Si me lo cuentan no lo creo. En serio, no hubiera creído.
Si yo no fuera Roberto Arlt, y leyera esta nota, tampoco creería.
Y sin embargo, es cierto.
¿Cómo empezaré? Diciendo que la otra tarde, “una hermosa tarde”… Pero sería inexacto porque una “hermosa tarde” no puede ser aquella en la que ha llovido. Tampoco era de tarde sino de noche, bien anochecido, las ocho.
Como contaba, había llovido. Llovió un rato, lo suficiente para lavar los bancos, humedecer la tierra y dejar los caminos de las plazas en estado pastoso.
Más aún: llovió de tal manera que si usted se fijaba en los bancos de las plazas, comprobaba que conservaban frescas manchas de agua. No había banco que no estuviera mojado.
Eran las ocho de la noche y yo cruzaba el Parque Rivadavia. No iba triste ni alegre, sino tranquilo y sereno como un ciudadano virtuoso. Alguna que otra pareja se cruzaba en mi camino y yo aspiraba el olor a los eucaliptos que flotaba en el aire embalsamándolo dulcemente, o mejor dicho acremente, pues el olor de los eucaliptos deriva del alquitrán que contienen, y el olor del alquitrán no es dulzón sino amargo.
Como decía, iba cruzando el parque, hecho un santito. Las manos sumergidas en los bolsillos del perramús, y los ojos atentos.
Y de pronto… (Aquí llegamos y por eso me retardo en llegar). De pronto, en una alameda que corre de Este a Oeste, y llena de bancos en los que los focos revelaban frescas manchas de agua, ví parejas compuestas de seres humanos de distintos sexo, conversando (esto de conversar es una metáfora) muy liadas. ¿Se dan cuenta ustedes? No sólo no sentían el fresco ambiente, sino que eran hasta insensibles al agua sobre la cual estaban sentados.
Yo me hacía cruces, y me decía: “No, no es posible… ¿Quién me va a creer esto? No es posible”.
Y como un ingenuo, acercaba mi nariz a los bancos, los miraba y los veía, mojados a tal punto que, con perramús y todo, yo no me hubiera sentado allí. Y las parejas, como si tal cosa… Cualquiera hubiera dicho que en vez de estar diciéndose ternezas sobre una dura madera mojada, reposaban en cojines de Persia rellenos de plumas de grulla rosada.
Y no era una pareja. Eran muchas, pero muchas parejas, igualmente insensibles a la humedad e igualmente laboriosas en eso de demostrarse que se querían.
Algunas permanecían en un silencio comatoso, otras, cuando yo me acercaba, se apresuraban a gesticular como si discutieran temas de vital interés. En fin, terminé de cruzar el parque, consternado y admirado, pues ignoraba que el amor, como un hidrófugo cualquiera, impermeabiliza las ropas de los que se sentaban en bancos mojados. La otra noche vuelvo a pasar por el parque Rivadavia. Hecho un santito, con las manos sumergidas en el bolsillo del perramús y los ojos atentos. No llovía, pero había, en cambio, una humedad de mil demonios, si mil demonios pueden ser húmedos. Tanta humedad, que la humedad se distinguía flotando en el aire bajo la forma de neblina. Eran las ocho de la noche, hora en que los ciudadanos virtuosos se dirigen a sus casas para embodegar un plato de sopa bien caliente. Y yo cruzaba el parque pensando que bien me había ganado un plato de sopa y otro de estofado, pues tenía frío y sentía debilidad. A diez metros de distancia apenas si se distinguía a un cristiano o a una cristiana. Tan espesa era la neblina. Y yo pensaba: “Heme aquí, en el lugar más adecuado para pescarme una bronconeumonía o, cuando menos, una pulmonía doble. No hablemos de gripe, porque de solo poner las narices por aquí uno se hace acreedor de ella”. Iba entregado a estos pensamientos asépticos o bacilosos, cuando llegué a la alameda que corre de Este a Oeste. Esa, la misma, la de los bancos. ¿Querrán creerme ustedes? Desafiando las bronconeumonías, las pulmonías dobles y simples, las gripes, los resfríos, las pleuresías secas y húmedas, y cuanta peste pueda relacionarse con las vías respiratorias, innumerables parejas de niños y señoritas, jóvenes y caballeros, se arrullaban de dos en dos bajo las ramas de los árboles, que goteaban lagrimones diamantinos. Juro que sería criminal no confesar que se arrullaban tiernamente. En la neblina, bajo los árboles goteadores. “Ya ni en la paz de los sepulcros creo”. No creo en los efectos de la lluvia, de la neblina, del viento, del frío ni del diablo. No creo en la paz ni en la soledad de nada. Siempre y siempre que me he dirigido a un sitio solitario y oscuro, a un paraje que desde afuera hacía pensar en la soledad del desierto, siempre he encontrado allí una muchedumbre. De manera que me inclino a creer que la única soledad posible es aquella que se produce en un agujero de tierra en cuyo fondo dejaron un cajón… ni en esa se puede creer. De cualquier manera, he aprendido algo: que el que quiere soledad que la busque dentro de sí mismo, y que no importune a las parejas, que por tener la convicción de su amor, se quieren al aire libre y a la luz de una o varias lunas de arco voltaico.

Agufuertes Porteñas: "La terrible sinceridad"


Me escribe un lector:

"Le ruego me conteste, muy sinceramente, de que forma debe vivir uno para ser feliz"

Estimado señor: Si yo pudiera contestarle, seria o humorísticamente, de qué modo debe vivirse para ser feliz, en vez de estar pergeñando notas, sería, quizá, el hombre mas rico de la tierra, vendiendo, únicamente a diez centavos , la fórmula para vivir dichoso. Ya ve qué disparate me pregunta.

Creo que hay una forma de vivir en relación con los semejantes y consigo mismo, que si no concede la felicidad, le proporciona al individuo que la practica una especie de poder mágico de dominio sobre sus semejantes: es la sinceridad.

Ser sincero con todos, y más todavía consigo mismo, aunque se perjudique. Aunque se rompa el alma sangrando. Esta no es una fórmula para vivir feliz; creo que no, pero sí lo es para tener fuerzas y examinar el contenido de la vida, cuyas apariencias nos marean y engañan de continuo.

No mire lo que hacen los demás. No se le importe un pepino de lo que opine el prójimo. Sea usted, usted mismo sobre todas las cosa, sobre el bien y sobre el mal, sobre el placer y sobre el dolor, sobre la vida y la muerte. Usted y usted. Nada más. Y será fuerte como un demonio entonces. Fuerte a pesar de todos y contra todos. No importe que la pena lo haga dar la cabeza contra la pared. Interróguese siempre, en el peor minuto de su vida, lo siguiente:

-¿Soy sincero conmigo mismo?

Y si el corazón le dice que sí, y tiene que tirarse a un pozo, tírese con confianza. Siendo sincero no se va a matar. Esté segurísimo de eso. No se va a matar, porque no se puede matar. La vida, la misteriosa vida que rige nuestra existencia, impedirá que usted se mate tirándose al pozo. La vida, providencialmente, colocará, un metro antes de que usted llegue al fondo, un clavo donde se engancharan sus ropas, y... usted se salvará.

Me dirá usted: "¿Y si los otros no comprenden que soy sincero?"¡Qué se le importa a usted los otros! La tierra y la vida tienen tantos caminos con alturas distintas, que nadie puede ver a más distancia de la que dan sus ojos. Aunque suba a una montaña, no verá un centímetro más lejos de lo que permita su vista. Pero, escúcheme bien; el día en que los que lo rodean se den cuenta de que usted va por un camino no trillado, pero que marchará guiado por la sinceridad, ese día lo miraran con asombro, luego con curiosidad. Y el día en que usted, con la fuerza de su sinceridad, les demuestre cuantos poderes tiene entre sus manos, ese día serán sus esclavos espirituales, créalo.

Me dirá usted:-¿Y si me equivoco? No tiene importancia. Uno se equivoca cuando tiene que equivocarse. Ni un minuto antes ni un minuto después. ¿Por qué? Porque así lo ha dispuesto la vida, esa fuerza misteriosa. Si usted se ha equivocado sinceramente, lo perdonarán, o no lo perdonarán. Interesa poco. Usted sigue su camino. Contra viento y marea. Contra todos, si es necesario ir contra todos. Y créame: llegará un momento en que usted se sentirá tan fuerte, que la vida y la muerte se convertirán en dos juguetes entre sus manos. Así, como suena. Vida. Muerte. Usted va a mirar esa taba que tiene tal reverso, y de una pata la va a tirar lejos de usted. ¿Qué le importan los nombres, si usted, con su fuerza, está más allá de los nombres?

La sinceridad tiene un doble fondo curioso. No modifica la naturaleza intrínseca del que la práctica, y si le concede una especie de doble vista, sensibilidad curiosa, y que le permite percibir la mentira, y no solo la mentira, sino los sentimientos del que esta a su lado.

Hay una frase de Goethe, respecto a este estado que vale en Perú. Dice:

"Tu que me has metido en este dédalo, tu me sacaras de él"

Es lo que anteriormente le decía.

La sinceridad provoca en el que la practica lealmente, una serie de fuerzas violentas. Estas fuerzas solo se muestran cuando tiene que producirse eso de: "Tú que me has metido en este dédalo, tu me sacarás". Y si usted es sincero, va a percibir la voz de estas fuerzas. Ellas lo arrastraran, quizá, a ejecutar actos absurdos. No importa. Usted los realiza. ¿Qué se quedará sangrando? ¡Y es claro! Todo cuesta en esta tierra, la vida no regala nada, absolutamente. Todo hay que comprarlo con libras de carne y sangre.

Y de pronto, descubrirá algo que no es la felicidad, sino un equivalente a ella. La emoción. La terrible emoción de jugarse la piel y la felicidad. No en el naipe, sino convirtiéndose usted en una especie de emocionado naipe humano que busca la felicidad, desesperadamente, mediante las combinaciones más extraordinarias, más inesperadas. ¿O qué se cree usted? ¿Qué es uno de esos millonarios norteamericanos, ayer vendedores de diario, más tarde carboneros, luego dueños de circos, y sucesivamente periodistas, vendedores de automóviles, hasta que un golpe de fortuna lo sitúa en el lugar que inevitablemente deben estar?

Esos hombres se convirtieron en multimillonarios porque querían ser eso. Con eso sabían que realizaban la felicidad de su vida. Pero piense usted en todo lo que se jugaron para ser felices. Y mientras no se producía lo efectivo, la emoción, que derivaba de cada jugada, los hacía más fuertes. ¿Se da cuenta?

Vea amigo: hágase una base de sinceridad y sobre esa cuerda floja o tensa cruce el abismo de la vida, con su verdad en la mano, y va a triunfar. No hay nadie, absolutamente nadie que pueda hacerlo caer. Y hasta los que hoy le tiran piedras, se acercarán a usted para sonreírle tímidamente. Créalo, amigo un hombre sincero es tan fuerte que solo él puede reírse y apiadarse de todo.


"Sobre la simpatía humana"

Sobre la simpatía humana - Roberto Arlt - en "Aguafuertes Porteñas"


Usted camina por la calle, y todas las personas son aparentemente iguales. Pero dicha gente se pone en contacto con usted y, de pronto, siente que se desconcierta, que la vida de los prójimos es tan complicada como puede serlo la suya, que de continuo, en todas direcciones, hay espíritus que lanzan a toda hora su S.O.S. Escribo esto porque hoy me he quedado caviloso frente a un montón de cartas que he recibido.
Cuando un autor comienza a recibir cartas, no encuentra diferencia entre una y otra. Todas son cartas. Luego, cuando se acostumbra, esta correspondencia va adquiriendo una faz completamente personal. El autor pierde su vanidad, y en cada carta encuentra un tipo interesante de hombre, de mujer, de alma...
Hay lectores, por ejemplo, que le escriben a uno cartas de cuatro, cinco, siete, nueve carillas. Usted se desconcierta. Se dice: ¿Cómo, este hombre se ha molestado en perder tanto tiempo en hablarle a uno por escrito? No se trata de un hombre que escribe por escribir, no. Es un individuo que tienen cosas que decirle, un espíritu que va a través de la vida pensando cosas.
Yo he recibido cartas curiosas. En algunas se me plantean casos terribles de conciencia, actitudes a asumir frente a la vida, destinos a cortar o reanudar. En otras cartas sólo he recibido una muestra desinteresada y bellísima de simpatía. Son las que más me han conmovido. Gente que no tenía nada qué decirme en especial, como no fuera la cordialidad con que seguían mi esfuerzo cotidiano. Alguien podrá decirme por qué me preocupa esto. Pero así como yo no puedo dejar de escribir sobre un hermoso libro, tampoco puedo dejar de hablar de gente distante que no conozco y que, con pluma ágil a veces, o mano torpe otras, se sienta a escribirme para enviarme su ayuda espiritual.
He abierto una carta de nueve carillas. El autor ha tardado una hora en escribirla, por lo menos. Me he detenido en la carta de una muchacha, que cada quince días me envía unas líneas. No tendrá nada que hacer, o de qué modo se aburrirá para escribirme sincrónicamente sus pensamientos de este modo tan matemático. Rompo el sobre de otra, es una esquela que parece escrita con pincel, letra de hombre que manejaría con más habilidad un martillo o un pincel que la pluma. Me envía sus palabras sencillas con una amistad tan fuerte que quisiera estrecharle la mano. Luego un fino sobre marrón; un encabezamiento: "Mar del Plata". Me hablan de mi novela; después, dos cartas escritas a máquina; una dactilógrafa y un muchacho, ambos deben haber aprovechado un intervalo en la oficina para comunicarse conmigo. Luego, otra con lápiz, luego, otra con un membrete de escritorio comercial, un señor que me propone hacer un distingo sobre dos estados civiles igualmente interesantes...
Y así todos los días, todos los días...
¿Quiénes son estos que le hablan a uno, que le escriben a uno, que durante un momento abandonan, desde cualquier ángulo de la ciudad y la distancia "su no existencia", y con algunas hojas de papel, con algunas líneas, le hacen sentir el misterio de la vida, lo ignoto de la distancia?...
¿Con quién habla uno? He aquí el problema. Si a uno no le escribieran nunca, quizá existiera esta preocupación: "No le intereso a la gente". Pero, estos hombres y mujeres siempre novados; estas cartas, que siempre se le acercan en su casi totalidad a vocearle su simpatía, lo inquietan a uno. Se experimenta el desconcierto de que numerosos ojos le están mirando, porque siempre que uno ha escrito una carta, y sabe que
debe haber llegado, piensa lo siguiente:
"¿Qué habrá dicho de lo que le escribí?"
Efectivamente, uno no sabe qué decir. Un lector me dice: "Le envío la presente por simpatizar con su manera de ser hacia el prójimo". Otro, me pide que me dirija al elemento obrero con mis notas. Otra, hace una parodia de la carta que me fue escrita por el "adolescente que estudiaba lógica", agregando: "dígale al dibujante que reproduzca el diseño que ilustraba esa nota, agregando a las víboras y a los sapos, un puñado de rosas".
De pronto, tengo una sensación agradable. Pienso que todos estos lectores se parecen por la identidad del impulso; pienso que el trabajo literario no es inútil, pienso que uno se equivoca cuando sólo ve maldad en sus semejantes, y que la tierra está llena de lindas almas que sólo desean mostrarse.
Cada hombre y cada mujer encierra un problema, una realidad espiritual que está circunscripta al círculo de sus conocimientos, y a veces ni a eso.
Hasta se me ocurre que podría existir un diario escrito únicamente por lectores; un diario donde cada hombre y cada mujer, pudiera exponer sus alegrías, sus desdichas, sus esperanzas.
Otras veces, me pregunto:
"¿Cuándo aparecerá, en este país, el escritor que sea para los que leen una especie de centro de relación común?
En Europa existen estos hombres. Un Barbuse, un Frank, provocan este maravilloso y terrible fenómeno de simpatía humana. Hacen que seres, hombres y mujeres, que viven bajo distintos climas, se comprendan en la distancia, porque en el escritor se reconocen iguales; iguales en sus impulsos, en sus esperanzas, en sus ideales. Y hasta se llega a esta conclusión: un escritor que sea así, no tiene nada que ver con la literatura. Está fuera de la literatura. Pero, en cambio, está con los hombres, y eso es lo necesario; estar en alma con todos, junto a todos. Y entonces se tendrá la gran alegría: saber que no se está solo.
En verdad, quedan muchas cosas hermosas, todavía, sobre la tierra.

martes, 23 de junio de 2009

LA TRAGEDIA DEL HOMBRE QUE BUSCA EMPLEO, Aguasfuertes porteñas Roberto Arlt


La persona que tenga la saludable costumbre de levantarse temprano, y salir en
tranvía a trabajar o a tomar fresco, habrá a veces observado el siguiente fenómeno:
Una puerta de casa comercial con la cortina metálica medio corrida. Frente a la
cortina metálica, y ocupando la vereda y parte de la calle, hay un racimo de gente. La
muchedumbre es variada en aspecto. Hay pequeños y grandes, sanos y lisiados. Todos tienen
un diario en la mano y conversan animadamente entre sí.
Lo primero que se le ocurre al viajante inexperto es de que allí ha ocurrido un crimen
trascendental, y siente tentaciones de ir a engrosar el número de aparentes curiosos que hacen
cola frente a la cortina metálica, mas a poco de reflexionarlo se da cuenta de que el grupo está
constituido por gente que busca empleo, y que ha acudido al llamado de un aviso. Y si es
observador y se detiene en la esquina podrá apreciar este conmovedor espectáculo.
Del interior de la casa semiblindada salen cada diez minutos individuos que tienen el
aspecto de haber sufrido una decepción, pues irónicamente miran a todos los que les rodean,
y contestando rabiosa y sintéticamente a las preguntas que les hacen, se alejan rumiando
desconsuelo. Esto no hace desmayar a los que quedan, pues, como si lo ocurrido fuera un
aliciente, comienzan a empujarse contra la cortina metálica, y a darse de puñetazos y
pisotones para ver quien entra primero. De pronto el más ágil o el más fuerte se escurre
adentro y el resto queda mirando la cortina, hasta que aparece en escena un viejo empleado
de la casa que dice:
-Pueden irse, ya hemos tomado empleado.
Esta incitación no convence a los presentes, que estirando el cogote sobre el hombro
de su compañero comienzan a desaforar desvergüenzas, y a amenazar con romper los vidrios
del comercio. Entonces, para enfriar los ánimos, por lo general un robusto portero sale con un
cubo de agua o armado de una escoba y empieza a dispersar a los amotinados. Esto no es
exageración. Ya muchas veces se han hecho denuncias semejantes en las seccionales sobre
este procedimiento expeditivo de los patrones que buscan empleados.
Los patrones arguyen que ellos en el aviso pidieron expresamente "un muchacho de
dieciséis años para hacer trabajos de escritorio", y que en vez de presentarse candidatos de
esa edad, lo hacen personas de treinta .años, y hasta cojos y jorobados. Y ello es en parte
cierto. En Buenos Aires, "el hombre que busca empleo" ha venido a constituir un tipo su¡
generis. Puede decirse que este hombre tiene el empleo de "ser hombre que busca trabajo".
El hombre que busca trabajo es frecuentemente un individuo que oscila entre los
dieciocho y veinticuatro años. No sirve para nada. No ha aprendido nada. No conoce ningún
oficio. Su única y meritoria aspiración es ser empleado. Es el tipo del empleado abstracto. El
quiere trabajar, pero trabajar sin ensuciarse las manos, trabajar en un lugar donde se use
cuello; en fin, trabajar "pero entendámonos... decentemente".
Y un buen día, día lejano, si alguna vez llega, él, el profesional de la busca de empleo,
se "ubica". Se ubica con el sueldo mínimo, pero qué le importa. Ahora podrá tener esperanzas
de jubilarse. Y desde ese día, calafateado en su rincón administrativo espera la vejez con la
paciencia de una rémora.
Lo trágico es la búsqueda del empleo en casas comerciales. La oferta ha llegado a ser
tan extraordinaria, que un comerciante de nuestra amistad nos decía:
-Uno no sabe con qué empleado quedarse. Vienen con certificados. Son inmejorables.
Comienza entonces el interrogatorio:
-¿Sabe usted escribir a máquina?
-Sí, ciento cincuenta palabras por minuto.
-¿Sabe usted taquigrafía?
-Sí, hace diez años.
-¿Sabe usted contabilidad?
-Soy contador público.
-¿Sabe usted inglés?
-Y también francés.
-¿Puede ofrecer una garantía?
-Hasta diez mil pesos de las siguientes firmas.
-¿Cuánto quiere ganar?
-Lo que ustedes acostumbran pagar.
-Y el sueldo que se les paga a esta gente -nos decía el aludido comerciante- no es
nunca superior a ciento cincuenta pesos. Doscientos pesos los gana un empleado con
antigüedad... y trescientos... trescientos es lo mítico. Y ello se debe a la oferta. Hay farmacéuticos que ganan ciento ochenta pesos y
trabajan ocho horas diarias, hay abogados que son escribientes de procuradores, procuradores
que les pagan doscientos pesos mensuales, ingenieros que no saben qué cosa hacer con el
título, doctores en química que envasan muestras de importantes droguerías. Parece mentira y
es cierto.
La interminable lista de "empleados ofrecidos" que se lee por las mañanas en los
diarios es la mejor prueba de la trágica situación por la que pasan millares y millares de
personas en nuestra ciudad. Y se pasan éstas los años buscando trabajo, gastan casi capitales
en tranvías y estampillas ofreciéndose, y nada... la ciudad está congestionada de empleados.
Y sin embargo, afuera está la llanura, están los campos, pero la gente no quiere salir afuera. Y
es claro, termina tanto por acostumbrarse a la falta de empleo que viene a constituir un
gremio, el gremio de los desocupados. Sólo les falta personería jurídica para llegar a
constituir una de las tantas sociedades originales y exóticas de las que hablará la historia del
futuro.